MAGNETISMO VOLCÁNICO
Pedales de Lava - Lanzarote
PEDALEAR EN CUALQUIER ÉPOCA DEL AÑO, YENDO DE UNA PLAYA DE ARENA BLANCA A OTRA, POR CAMINOS Y SENDAS DE VÉRTIGO, ATRAVESANDO DESIERTOS DE MAGMA ENFRIADO, A LOS PIES DE VOLCANES DORMIDOS, SUPERANDO AFILADOS RISCOS DE LAVA NEGRA, ROJA, AMARILLA…
PEDALES DE LAVA NOS DESCUBRE LA CARA SALVAJE, AUTÉNTICA Y REMOTA
DE LAS PARADISÍACAS ISLAS DE LANZAROTE Y LA GRACIOSA.
Que una isla es una porción de tierra rodeada de agua por todas partes puede parecer una obviedad, pero también es una de las primeras lecciones de geografía que recuerdo del colegio. Más tarde, en la escuela de la vida descubriría que algunos habitantes de las islas padecen el síndrome de insularidad, también conocido como del náufrago: resulta que un mal día empiezas a sentirte atrapado, rodeado por el mar en tu pedazo de tierra. La línea del horizonte se percibe infranqueable y no llega el momento de embarcar hacia nuevos confines. A pesar de vivir en el continente, es un sentimiento que me resulta extraordinariamente familiar. Se me acentúa de manera dramática cuando se me acumula el trabajo o cuando el día se contrae y la ciudad se llena de gente abrigada. Es un veneno que me conmina a estudiar mapas e imaginar qué hay más allá. Por eso, cuando un buen día me proponen ir a Lanzarote a filmar un reportaje para el programa Temps d’Aventura de Televisió de Catalunya sobre Pedales de Lava, asiento sin dudar un instante. Mi mente se colma de sol, playas, volcanes, senderos y, por supuesto, mountain bike.

NÁUFRAGOS POR ELECCIÓN
Con todo ello nos recibe semanas más tarde Lanzarote, la más oriental de las islas Canarias. Una suave brisa refresca el ambiente en el aeropuerto de Guacimeta, donde reina una atmósfera de lo más agradable, y Maxi Biela, nuestro anfitrión durante los próximos días, nos profiere una efusiva bienvenida. Maxi es un viajero empedernido y un ciclista de pies a cabeza. Incluso su apellido –es auténtico, lo comprobamos en su DNI– lo delata. Nació y creció en Lleida, pero vive en las Canarias desde hace una infinidad de años según él “inconfesable”. Se presenta a sí mismo como “el padre de la criatura”, de Pedales de Lava, una ruta que ha diseñado a partir de los mapas que tanto adora y de incalculables salidas con la bici de montaña en busca del itinerario ideal para convertir esta travesía en un viaje en toda regla. “Es una isla pequeña, pero está llena de sorpresas. Cada día vais a ver paisajes totalmente diferentes”, argumenta tan entusiasmado como convincente.

EMPIEZA EL VIAJE
Etapa 1: Puerto del Carmen - Órzola
64 km / 350 m+

De buena mañana, Maxi nos presenta a nuestros compañeros de ruta. En total somos cinco. Todos iniciamos el pedaleo en la plaza de las Naciones de Puerto del Carmen, pero cada cual avanzará a su ritmo, siguiendo las indicaciones del rutómetro que nos ha facilitado la organización. A Dani y Chorques, de Murcia, los veremos poco, apenas un rato por las mañanas y otro por las noches, pero sabremos de ellos a través del móvil, pues telefonearán a Maxi cada dos por tres para felicitarlo por las siempre agradables dádivas que ofrece el recorrido: parajes fascinantes, trialeras de órdago, estratégicos chiringuitos, recodos sublimes... Otros timbrazos serán para preguntarle cómo funciona el GPS o a qué hora les llegará el equipaje al hotel, pues quieren ir a la playa tras completar la etapa. El móvil de Maxi echa humo, pero es que el pobre hombre no sabe decir que no. “Es mi manera de ser. Para mí, las vacaciones de la gente son sagradas”, confiesa tras contestar personalmente a todas las llamadas de los que quieren hacer Pedales de Lava. Nosotros tres (Maxi, Amelia y yo) vamos más lentos. Pedalear, disfrutar del paisaje, encontrar un buen plano, sacar la cámara, plantar el trípode, pasar por delante, comprobar que se ha grabado bien, guardar la cámara, darnos un baño y continuar pedaleando será buena parte de la agradable rutina de los próximos cinco días.

EN BUSCA DE LO PRIMIGENIO
Tras unos primeros kilómetros enlazando paseos marítimos entre Puerto del Carmen y Arrecife, nos engulle el más absoluto desierto. Atrás queda un paisaje industrial un tanto surrealista, chatarrero y anacrónico, rematado por un pecio fantasmal varado en una cerrada ensenada. Más allá del grotesco suburbio, ingresamos en un laberinto de caminos hasta que el rutómetro encauza una serie de senderos técnicos que cabalgan sobre acantilados que esconden caletas minúsculas y tentadoras zonas de baño que se antojan confidenciales, casi individuales. A veces dejamos la costa por falta de pasos ciclables, pero son breves incursiones como la que nos lleva a Guatiza, donde aprovechamos para comer algo rápido, pues con la filmación acumulamos algo de retraso y en Órzola nos espera el barco a La Graciosa. El primer control de paso es un restaurante frente a la playa de Arrieta. Aquí suelen parar los ciclistas de Pedales de Lava, pues a ritmo normal se llega a la hora del tapeo. Calamares, chipirones y otros frutos del océano llenan platos y estómagos. Tras vencer la tentación de repetir ágape, seguimos pedaleando hacia Punta de Mujeres y los Jameos del Agua, donde la ruta toma un tramo de asfalto que cruza el indómito Malpaís de la Corona hasta el puerto de Órzola. Allí, tras una breve espera, El Graciosero nos cruza a nosotros y nuestras bicis hasta el otro lado de El Río, el brazo de bravo mar de apenas dos kilómetros que separa la isla de Lanzarote de La Graciosa. Al doblar Punta Fariones, el barco danza al son del océano y por babor aparecen los imponentes riscos de Famara, una ancestral muralla de más de 600 metros de altura y 20 kilómetros de longitud que se erige sobre el océano. Será el terreno de juego de la tercera etapa, pero ahora vamos a La Graciosa, donde no existe el asfalto y nos esperan otro tipo de alicientes: playas de arena cegadora, olas de película de surf, cráteres multicolor...

VUELTA A LA GRACIOSA
Etapa 2: La Graciosa
30 km / 330 m+

El sol asoma tras los riscos de Famara desde hace rato, pero parece que nadie sufre de prisa en La Graciosa. La actividad en el puerto es relajada y la camarera de la única cafetería que ha abierto antes de las diez trae las comandas de rato en rato. Ahora un café, ahora otro... Estamos en una isla en la que el reloj puede ser herramienta o adorno, pero nunca patrón. Aquí rige la ley del mar. Los pescadores salen a faenar en la oscuridad de la noche y regresan cuando las redes pesan lo suficiente o cuando la prudencia sugiere apuntar la proa a puerto. Tierra adentro, a cien metros de las casitas blancas que forman el pueblo, todo se muestra transparente. Lo que ves es lo que hay. El rugiente océano a un lado. Los volcanes al otro. Nada más. Y tú en medio de todo, en medio de nada.
Pedaleamos por playas cubiertas de dunas albinas hasta que el rutómetro nos aúpa hacia sendas de rocas afiladas. Tras una exigente rampa un tanto arenosa, un camino interior nos conduce hasta Pedro Barba, segundo y último punto habitado de la isla. Desde aquí, un sinfín de trialeras aéreas nos obligan a rodar atentos, suspendidos sobre el espectacular perímetro de la isla, encima mismo del rompiente mar, que se cuela espumoso por arcos naturales excavados en la roca. De los Hoyos del Cuervo y la playa de Lambra, al norte, saltamos a la playa de las Conchas, al oeste, rodeando la montaña Bermeja, que ejerce de telón de fondo de una de las ensenadas más hermosas del planeta. Tras el chapuzón, nos alegramos de haber traído agua suficiente y unos dulces para engañar al estómago a mediodía, pues acabamos improvisando un picnic entre baños de sol e ineludibles revolcones bajo la implacable ola.

BIENVENIDOS AL PARAÍSO
La segunda parte de la jornada ciclista transcurre por el sudoeste de la isla. El viento nos empuja hacia la montaña del Mojón, en el centro de la isla, y la montaña Amarilla, donde muere el camino. Bajo el volcán, desde lo alto del acantilado, la marea baja expone un balcón natural que parece llegar a ras del mar hasta la playa de la Cocina, donde el mapa señala una línea discontinua hasta Caleta del Sebo. La tentación es grande por la belleza del paso, pero salpicar las bicis con agua de mar no parece buena idea, así que volvemos sobre nuestras roderas hasta las Hoyas de Chó Manuel, donde atajamos por una senda que sube demasiado arenosa como para ir montados. Tras caminar unos metros, coronamos el alto de peña Laja, donde soltamos frenos por un camino muy recto que conduce hasta el pueblo. La sed y el gusanillo los apaciguamos con una bandeja de chopitos y ensalada nada más llegar al hostal. Han sido pocos kilómetros, pero muchas emociones y una sensación de libertad y paz extraordinarias. Hay pocos quehaceres para la tarde: retratar las olas batiendo sobre la playa, observar cómo se iza la luna llena sobre el horizonte, echar aceite a la cadena de la bicicleta... Nos espera una merecida cena en el restaurante de Enriqueta. Entre plato y plato, el camarero, un italiano casado con una graciosera desde hace más de quince años, nos cuenta con humor lo que es para él el síndrome de insularidad.
TRAS UN BARRANCO, APARECE OTRO. Y ASÍ, UNA DOCENA. EN REALIDAD, PERDEMOS LA CUENTA, PERO CADA VEZ ESTAMOS MÁS EN EL PLANETA DE LOS SIMIOS Y MENOS EN LA TIERRA QUE CONOCÍAMOS.
BUSCANDO LOS LÍMITES
Etapa 3: Órzola - Famara
50 km / 1.400 m+

Regresamos a Lanzarote en el primer ferry de la mañana. “Hoy es la etapa alpina de Pedales de Lava”, repite Maxi mientras desembarcamos las bicis. “Vamos a pedalear por el techo de la isla y encontraremos subidas de hasta el 23 %”, insiste. Tras dos días de pedaleo por terreno volcánico, empezamos a considerar más sus advertencias sobre la dureza real de la travesía. En cifras, las etapas no parecen en absoluto desorbitadas, pero una vez sobre el terreno, la percepción cambia ligeramente. Allí, cada metro se gana con verdadero empeño, tanto en subida como en bajada, pero la dificultad, lejos de amedrentarnos, nos estimula. Además, es una excusa perfecta para doblar el desayuno. Con el estómago a rebosar, empezamos a ascender hacia el Mirador del Río. En la etapa de hoy se nos une Chema, otro fanático del mountain bike que colabora con Pedales de Lava. En la ascensión hasta lo más alto de la isla se suceden los caminos sinuosos conectados entre sí por sendas intransigentes. De vez en cuando, con la excusa de grabar un plano, echamos pie a tierra y descubrimos el azul del mar ya muy por debajo de nosotros. Entre muros de piedra y cactus de aspecto extraterrestre, alcanzamos Ye, donde rellenamos los bidones con agua helada, y seguimos subiendo hasta asomarnos al abismo de Famara. La luz ilumina las retinas, y los vivos colores del océano y las islas nos saturan de optimismo. Estamos en lo más alto y desde aquí se puede reconstruir la etapa de ayer, en la isla vecina, que se muestra como una maqueta con todo lujo de detalles. El resto del día es un cúmulo de emociones gratificantes. Tremendas pendientes se prolongan entre poderosos parajes que acallan los efectos del constante jadeo o el escozor de la gota de sudor que inunda el ojo. Cualquier leve molestia muscular se olvida por la constante explosión de endorfinas que experimentamos, pues tras una rampa de un par de kilómetros aparece una pala que nos lleva casi en vertical hasta lo más hondo del próximo valle. Toda la etapa es un sube y baja muy rompepiernas, pero la estocada final nos espera más allá de la ermita de las Nieves, sobre un camino grisáceo que crestea por el lomo del saurio de Famara. Todos intentamos pedalear monte arriba, pero pese a que llegamos más lejos de lo que creíamos posible, hay un par de puntos donde parece obligado caminar empujando la bici unos metros. El descenso a Teguise, antigua capital de la isla, nos pone en fila india en dirección a un cono volcánico ataviado por varias antenas. Luego, por una pista ancha y rápida, descendemos a La Caleta de Famara, el final de la etapa.

EL INFIERNO DE TIMANFAYA
Etapa 4: Famara - Playa Blanca
68 km / 700 m+

La cuarta jornada arranca con una postal en movimiento de la bella bahía de Famara. En las callejuelas del pueblo, entre casas encaladas, esquivamos más barcas que coches. Nadie ha madrugado hoy, sólo los pescadores que ya faenan a escasos metros de la costa. Nosotros pedaleamos rumbo al infierno. Maxi nos guía por un arenal próximo al mar, completamente ciclable y labrado de caminos en los que se adivinan huellas de todoterrenos. En el páramo, conocido como desierto de Sóo, pacen rebaños de cabras errantes entre bombas volcánicas. Es la antesala de lo que nos espera. Poco más allá sorteamos precipicios de incisiva roca color azabache mientras un lejano volcán abierto al cielo señala el camino a Timanfaya. Tras varios kilómetros llaneando con el viento favorable, las rampas nos catapultan sobre acantilados de fondo espumoso hasta un jardín marciano. A lo lejos se divisan montes de laderas amarillas, rojas y verdes. Una dulce brisa nos empuja hacia el mismísimo infierno, al que entramos en rauda bajada a través de un viñedo. De repente, estamos en el corazón de una de las coladas más recientes de Lanzarote. Con una anchura de varios kilómetros, el magma fluyó durante seis años (entre 1730 y 1736) barriendo cuanto hubiere a su paso. Sobre el manto de lava, esculturas raquíticas de sufridos espíritus petrificados forman un ejército de cien mil guerreros que hoy se achicharran, como nosotros, bajo un severo sol. En algunas zonas, ni los líquenes han empezado a brotar. El áspero terreno empieza a ganar altura y exige el plato pequeño pese al viento siempre favorable. Las bicis pasan una a una por la tortuosa senda. Paramos a hacer fotos, a repetir fotos, a grabar planos para el reportaje..., y mientras mis compañeros se alejan por la pista que divide en dos este mar endemoniado y unicolor, un pajarillo que sobrevuela el malpaís se posa sobre mi bicicleta.

PUESTA DE SOL EN EL RUBICÓN
Entre Caldera Blanca y Caldera Roja, el camino permanece vacío. Resulta increíble, pero estamos completamente solos en un parque nacional que recibe un millón y medio de visitantes al año. Aquí, pese a unas precipitaciones dignas de un desierto –menos de 200 mm al año– y una evaporación extrema, crecen más de 200 especies de plantas distintas, algunas de las cuales son endémicas de la isla. Tras diez kilómetros de agradable soledad, llegamos a la entrada turística del parque, donde enlazamos unos kilómetros por asfalto hasta tomar una senda de grava rojiza por la que a veces pasan los dromedarios que pasean a los turistas. De ahí bajamos a una pista rectilínea vetada a los coches que llega hasta Yaiza, donde nos esperan los suculentos macarrones de Felicidad, la simpática dueña del restaurante en el que estampamos el sexto sello de la ruta. Llenos de energía, continuamos hacia el sur. El hotel de Playa Blanca parece cerca. Por carretera serían sólo 15 km, pero la ruta nos lleva dando un rodeo por la costa, otra vez deshabitada y salvaje. Pedaleamos a favor del eterno viento del nordeste hasta Punta de Pechiguera, donde el sol medio dormido empieza a recostarse sobre el Atlántico. El rutómetro nos guía de nuevo a través de una maraña de caminos olvidados de aquellos que o no van a ninguna parte o van a todas. En realidad, confesará Maxi más tarde, son accesos a “zonas de baño secretas”, marmitas de agua marina escondidas bajo el interminable acantilado. Con la filmación hemos vuelto a desbaratar todos los pronósticos horarios, pero el ocaso nos regala una imagen irrepetible. Cuando el sol se sumerge en el horizonte, las siluetas de tres ciclistas dichosos se superponen sobre el mar centelleante.

LOS TEMIDOS AJACHES
Etapa 5: Playa Blanca - Puerto del Carmen
35 km / 700 m+
Anhelados y temidos por igual, Los Ajaches, rebautizados como "Los Achaques" por su fama de intratables, nos esperan tras un breve paseo cerca del mar. Bordeamos el castillo de las Coloradas, testimonio de la amenaza de ataques piratas de otras épocas, y enseguida entramos en materia, pues el camino se estrecha y exige atención muy pronto. Con riscos a un lado y playas desiertas más allá, sube y baja y vuelve a subir. Maxi nos avisa otra vez: “Hasta ahora, el camino era bueno”. Sabemos que suele pecar de exagerado, pero la cosa empieza a ponerse dura de verdad. Bajadas de aúpa y subidas casi imposibles nos ponen a prueba. Tras un barranco aparece otro. Y así, una docena. En realidad, perdemos la cuenta, pero cada vez estamos más en el planeta de los simios y menos en la Tierra que conocíamos. Si no fuese por Maxi, el rutómetro y unas cuantas estacas que señalan la ruta en los pocos cruces que hay en todo el camino, uno olvidaría pronto que hace un rato estaba desayunando en el buffet de un hotel con piscina rodeada de palmeras y hamacas. A resguardo del viento predominante del norte, Los Ajaches son un desierto pedregoso en el que las bicis no dejan huella. No hay agua, apenas tierra. Pedaleamos a golpe de riñón y las rampas de bajada examinan nuestros reflejos, justificando el tipo de bicis que montamos. En las subidas más rompedoras se nota la eficacia de las full suspension, así como de las piernas bien entrenadas. Vamos enlazando cortados por pasos estrechos, apurando fuerzas en los mínimos descansillos, entre empujón y empujón, con el mar a la derecha, calmo, y las montañas, en realidad viejos volcanes de tonos ya desvaídos, sobre nuestro hombro izquierdo. Queda poco para culminar el periplo a la isla y cerrar el círculo. Hay que disfrutar de cada curva, grabarlo todo en la tarjeta multimedia del cerebro. Al regresar al punto de partida, un agridulce déjà vu me induce el contradictorio impulso de seguir pedaleando, de dar una vuelta más a esta isla mágica, este pedazo de tierra lleno de magnetismo. Creo que sufro una extraña variante del síndrome de insularidad. Quiero quedarme. «

Texto y fotos: Sergio Fernández Tolosa & Amelia Herrero Becker, para Solo Bici nº 224, enero 2010



VÍDEO PEDALES DE LAVA EN TEMPS D'AVENTURA (TV3)

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PEDALES DE LAVA
Itinerario: 247 km / 3.480 m+.
Duración: 3, 4, 5 o 6 días.
Temporada: todo el año.
Filosofía: recorrido autoguiado no competitivo que se sigue con GPS o roadbook. Hay que sellar el rutómetro en diversos puntos de control. Al final, los finishers reciben un maillot exclusivo.
Organización: Pedales de Lava se encarga de las reservas hoteleras y del transporte de equipajes. También disponen de alquiler de bicicletas.

+ info: www.pedalesdelava.com
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