LA HUELLA DEL TIEMPO
Vuelta a Gredos Oriental
INMENSAS MOLES DE GRANITO ROSADO PACIENTEMENTE LIMADAS POR LOS ELEMENTOS, SENDAS NATURALES RECUPERADAS TRAS DÉCADAS DE OLVIDO, CALZADAS MILENARIAS, PUENTES DE ROCA SOBRE RÍOS QUE HAN CALMADO LA SED DE INFINITAS GENERACIONES... NUESTRA VUELTA A GREDOS ORIENTAL NOS MOSTRÓ CASI 300 KM DE CAMINOS LLENOS DE HISTORIA, Y DE FUTURO.
El sol de mediodía nos cae a plomo sobre el cogote. Con la chepa doblada y tensando músculos que creíamos obsoletos, retomamos aire para enfilar un tramo más de la interminable calzada romana que sube desde Cuevas del Valle al puerto del Pico, una de esas torturas voluntarias que sólo se acometen una vez en la vida. Mientras trampeamos jadeantes sobre el inestable firme, el cerebro huye en todas direcciones. En pocos segundos, las distraídas neuronas derriban el viejo tópico sobre las excelsas soluciones viales de los ingenieros romanos, que en esta ocasión plantearon la ruta por la directísima –535 m+ en 4’2 km–, a la vez que especulan sobre el número de esguinces de tobillo que han tenido lugar en este breve tramo de calzada durante los últimos dos mil años.

SIERRA DE GREDOS
Estamos cruzando la sierra de Gredos por una vía histórica. El asfalto y los coches van por otra parte, elevados sobre faraónicos viaductos soportados por millones de toneladas de hormigón. Nosotros insistimos, echando el resto, a golpe de riñón, hasta coronar el puerto de montaña por donde deambularon tantas generaciones de viajeros, pastores y comerciantes. En lo alto, una vieja señal situada junto a una fuente de agua revitalizante indica la distancia a Madrid: 29 leguas.
Semanas antes de desplazarnos hasta la gran meseta castellana, estudiando el recorrido, ratón en mano, escudriñando los laberínticos caminos de la World Wide Web, habíamos encontrado el track de la TransGredos (www.transgredos.es), una ruta que gira alrededor del sector oriental de la sierra, recorriendo buena parte del valle del Tiétar, en la vertiente sur, y del Alberche, en la cara norte. Enseguida pensamos que era una buena fórmula para un primer contacto ciclista con la sierra de Gredos. Sin embargo, tras analizar su itinerario con mayor detenimiento –el tiempo libre es el culpable de muchas locuras– se nos ocurrió que podíamos buscar algunas alternativas para ir más cerca de la divisoria de aguas. Para ello usamos todo tipo de tretas de espionaje digital –mapas del IGN, GoogleEarth, Wikiloc, foros...–, y dibujamos con el Land de CompeGPS una ruta teórica que también nos debía llevar alrededor de la sierra pero un poco más “montados” sobre ella.
Y en ello estamos ahora mismo, tras dos días pedaleando por su vertiente sur entre bosques de pinos, castaños, sauces, rebollos y helechos, asomamos el morro a su cara norte, que luce, a primera vista, más alpina, más agreste y más salvaje.

CAÑADAS PRIVATIZADAS
A falta de coche, nuestra Vuelta a Gredos Oriental empieza en la estación de Renfe de Robledo de Chavela. Desde allí, tomamos una “senda” de la red Sendas de Madrid (www.sendasdemadrid.es) que nos lleva primero por carretera y después por una pista de 7 metros de anchura –debe de ser un nuevo concepto de senda– hasta la presa del embalse de San Juan, donde enlazamos Pelayos de la Presa con San Martín de Valdeiglesias por el GR-10.
El próximo hito marcado en el mapa son los Toros de Guisando, cuatro inmensos cornúpetas tallados en granito obra del pueblo vetón en el siglo II a. C. Llegar hasta ellos sin pisar el asfalto nos cuesta un par de idas y venidas por caminos cerrados, y cruzar un arroyo en el que casi pisamos accidentalmente a una tortuga que dormía la siesta.
Desde aquí, la Cañada Real Leonesa Oriental se dirige hacia Navahonda, pero sorprendentemente topamos una y otra vez con verjas cerradas y señales de “prohibido el paso, propiedad privada”. La única solución es la M-501. La siguiente barrera artificial la encontramos poco después, vetándonos el acceso al puerto de Casillas desde Navahonda, por lo que optamos por subir hasta Casillas por la carretera local, para dormir poco más allá, en un tranquilo claro del bosque, en el collado de Las Vacas.

MIRADOR INTERMINABLE
El segundo día lo pasamos encarando subidas y bajadas de forma constante entre bosques sombríos, pedaleando por pistas anchas en más o menos buen estado. Cruzamos arroyos cada pocos kilómetros y bebemos agua helada de las numerosas fuentes que manan de la montaña. De vez en cuando, el bosque se abre ligeramente y nos muestra el amplio valle del Tiétar. Pueblos como Piedralaves, La Adrada o Casavieja aparecen minúsculos desde el interminable mirador por el que rodamos, siempre por encima de los 1.200 metros, envueltos de vegetación y aire puro.
Al pasar por Mijares es hora de comer, así que buscamos un lugar para recuperar fuerzas y encontramos La Casa de la Hamburguesa, en la que también sirven menús del día a 7 euros: ensalada, potaje de judías pintas con chorizo, bistec de ternera con patatas fritas y natillas.
Con el estómago a rebosar, las cuestas y el calor imperante empiezan a conspirar, estableciendo un nuevo Eje del Mal que nos doblega a sólo 1 km del pueblo, donde perdemos el conocimiento, cayendo en modo “siesta” a orillas del camino. Es una de las ventajas de llevar la casa a cuestas, incluido un pikolin enrollable que convierte cualquier superficie en una cómoda cama.
Media hora más tarde reemprendemos la marcha, cuesta arriba, para bajar de nuevo poco después, aunque esta vez por una trialera con destino a Gavilanes, donde nos esperan nuevas sendas, pero de subida, con porcentajes que rondan el 20%.
El dormitorio nos espera antes de Pedro Bernardo, en un cortafuegos en el que descubrimos huellas de venados. Plantamos la tienda, disfrutamos de la puesta de sol, cenamos pan con algo y nos entregamos al más plácido sueño. La noche pasará rápida. Sólo el ladrido de una corza nos desvelará ligeramente durante la madrugada.
TRAS DOS DÍAS PEDALEANDO POR SU VERTIENTE SUR ENTRE BOSQUES DE PINOS, CASTAÑOS, SAUCES, REBOLLOS Y HELECHOS, ASOMAMOS EL MORRO A SU CARA NORTE, QUE LUCE, A PRIMERA VISTA, MÁS ALPINA, MÁS AGRESTE Y MÁS SALVAJE.
BOSQUES FRÁGILES
El nuevo día trae un sol implacable que calienta desde el primer minuto. Además, a partir de aquí, la pista se abre camino por un bosque sin alma, desaparecido, del que apenas aguantan en pie cuatro troncos ennegrecidos, mientras otros miles yacen inertes por la ladera.
Bajamos hacia Pedro Bernardo, pero ni tan siquiera entramos en el pueblo. Seguimos hacia Lanzahíta por un sector de sendas y trialeras que nos alegran la mañana, rodando otra vez a la sombra del pinar, dejando las alturas para conectar con la TransGredos, que nos lleva por agradables pistas hasta el puerto de La Reina y la localidad de Mombeltrán, donde encaramos la ascensión estrella de la travesía: el puerto del Pico.
Tras descansar a la sombra de un jardín junto al viejo castillo de los duques de Alburquerque, reemprendemos el camino, que de buenas a primeras nos azota con un inflexible látigo de hormigón. Lo peor no es la pendiente del 20%, ni que sea una recta en la que ves todo el trecho que te falta. Lo peor es que no queda ni una sombra, ni siquiera cuando empieza la senda, que trepa vigorosa y retorcida, con escalones y contundentes toboganes. El fuego se las llevó todas. Sólo permanecen en alto algunos postes calcinados, irreconocibles fantasmas de lo que fueron hermosos pinos, abrasados en un incendio que en verano de 2009 asoló 4.200 hectáreas de bosque, dejando la montaña completamente pelada. Sudamos a chorretones, nos falta el aire y sentimos una especie de arcadas inducidas por la pena y la impotencia.
La senda desemboca en Cuevas del Valle, donde empieza la calzada romana restaurada. Con paciencia y tesón, ascendemos todos los tramos ciclables de la vía romana, que deben de rondar el 80% del trazado. Los hay mejores y peores, pero la pendiente se mantiene constante en torno al 10%, con algunos escalones infranqueables y bastantes socavones. La ascensión nos lleva más de una hora de perseverante lucha.
Tras pasar junto a las ruinas del Portazgo, donde se cobraba un peaje a los que usaban la calzada, ya se intuye la cumbre.
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VUELTA A GREDOS ORIENTAL
Itinerario: 283 km / 5.970 m+ m+.
Recorrido: Robledo de Chavela - San Martín de Valdeiglesias - Casillas - Mijares - Mombeltrán - Cuevas del Valle - San Martín del Pimpollar - Hoyocasero - Navarrevisca - Navaluenga - El Tiemblo - Cebreros - Robredo de Chavela.
Duración: 5 etapas.
Época ideal: primavera y otoño.
Terreno: predominan las pistas y caminos, pero también hay largos tramos por sendas técnicas.

Track GPS
CON EL ESTÓMAGO A REBOSAR, LAS CUESTAS Y EL CALOR IMPERANTE EMPIEZAN A CONSPIRAR, ESTABLECIENDO UN NUEVO EJE DEL MAL QUE NOS DOBLEGA A SÓLO 1 KM DEL PUEBLO, DONDE PERDEMOS EL CONOCIMIENTO Y CAEMOS EN MODO 'SIESTA' A ORILLAS DEL CAMINO.
ALTA MONTAÑA
La tercera noche la pasamos a 1.550 metros de altitud, sobre la cañada de Prado Real, que coincide con el trazado del GR-10. Al día siguiente bajamos por un sinuoso camino hasta San Martín del Pimpollar, donde la ruta se desvía por una trama de sendas hacia el Pontón de las Víboras. Desde aquí, sobre el horizonte se vislumbran las cumbres nevadas del Almanzor (2.592 m), techo de la sierra, y del circo glaciar de Gredos.
Tras almorzar en la plaza de Hoyocasero, ponemos rumbo al cauce del río Alberche, que cruzamos por el histórico puente de Navalosa. El GPS señala un camino que pronto se convierte en senda y nos lleva esquivando moles ovaladas de granito por una vereda que vuela sobre el ancho cañón de roca grisácea. Al fondo del mismo se adivina el río, que salta escandaloso formando cascadas y rápidos. El descenso termina en un lugar llamado Las Juntas, donde la senda cambia de dirección y empieza a subir sin piedad junto a otro río, hasta el pueblo de Navarrevisca.
Tras el enésimo chapuzón del día en la fuente del pueblo, la aventura continúa hacia Casas de Navahondilla, Barrio del Morisco y Burgohondo, siempre por caminos bien escogidos en los que el trazado de la TransGredos nos hace disfrutar al máximo del mountain bike, avanzando con rapidez, pues el terreno tiende a bajar.
El sol ya se ha escondido cuando aparecemos por Navaluenga. Debemos tomar una decisión: la TG Clásica sigue hacia el embalse de El Burguillo, para rodearlo y llegar a El Tiemblo por asfalto, pero nosotros habíamos planeado desviarnos en Colonia Venero Claro hacia el collado de Morales, para luego trepar hasta el cerro de la Escusa (1.960 m) y continuar por la cresta de la sierra hacia el puerto de Casillas, desde donde se puede bajar a El Tiemblo por diversos caminos.
Plantados exactamente en el cruce donde las dos rutas se separan, dudamos un buen rato, pero tras un inusitado debate interno, optamos por la opción que parece más fácil, ya que Amelia ha empezado a notar los efectos de una especie de indigestión debida quizá a los tres donuts de chocolate y el batido también de chocolate que se acaba de zampar a nuestro apresurado paso por Navaluenga.

SENDAS A OSCURAS
En busca de un recodo donde improvisar el campamento, avanzamos a oscuras por la senda que bordea el embalse, que en este sector es muy agreste, superando algunas trialeras casi a tientas. Tras sufrir una torpe y previsible caída, a las 11 de la noche hallamos un rincón llano con vistas al pantano, bajo un cielo repleto de estrellas. Ni siquiera cenamos.
A la mañana siguiente todo se ve con mayor claridad. El hombro sigue dolorido por el encontronazo con el suelo, pero el camino mejora y nos lleva rápidamente hasta La Rinconada, donde el asfalto entra en escena para acompañarnos hasta El Tiemblo.
Tras un tramo por el viejo trazado de la N-403 –hoy convertido en Ruta del Colesterol para los tembleños–, el track de la TG Clásica vuelve a pisar tierra en dirección a San Martín de Valdeiglesias, punto de origen y final de la travesía. Nosotros nos desviamos por la Cañada Real Leonesa Oriental (también Camino de Santiago) hacia el espectacular puente de Valsordo, que nos lleva directos a Cebreros. Ya sólo restan unos pocos kilómetros para Robledo de Chavela, que hacemos por la carretera bajo un sol inclemente.
Acalorados, fatigados y doloridos, pero satisfechos y felices por igual, abordamos el tren de vuelta con la espina clavada de no saber cómo habría ido todo de haber subido al cerro de La Escusa. “No se me ocurre mejor excusa para volver otro día”, bromea Amelia. «

Texto y fotos: Sergio Fernández Tolosa & Amelia Herrero Becker, para Solo Bici nº 254, julio 2012


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