¿INFIERNO O PARAÍSO?
Tracks del Diable
PEDALEAR HASTA LA EXTENUACIÓN, EXPLORANDO RECÓNDITOS VALLES, CRUZANDO ARROYOS DE AGUA CLARA Y ESPESOS BOSQUES SUMIDOS EN LA NIEBLA, HASTA ASOMARSE A INSONDABLES ACANTILADOS Y OTEAR LOS HORIZONTES DE UNA COMARCA REMOTA Y DESCONOCIDA... ES EL SUEÑO DE CUALQUIER BIKER, LA TENTACIÓN POR LA QUE MUCHOS ACEPTARÍAN, SIN DUDARLO UN INSTANTE, UN PACTO CON EL MISMÍSIMO DIABLO.
Una ascensión eterna por una sinuosa vereda de tierra húmeda que se abre paso entre majestuosos robles. Un descenso limpio, sublime, sobre una escalera natural formada por lajas de roca acolchada por felpudos de musgo. Un laberinto interminable de senderos enmoquetados de hojarasca que conectan jóvenes hayedos hasta aparecer al borde del abismo, en lo alto de un risco calcáreo tomado por las nubes. Dos, tres, cuatro, cinco días literalmente perdidos por los caminos olvidados del Cabrerès, el Vall del Ges, el Bisaura y el Lluçanès más auténticos, viviendo sobre la bicicleta las sensaciones más puras del mountain bike. Qué infierno, qué paraíso.

AÑO DE NIEVES, AÑO DE BIENES
El día empieza como esas películas en las que se oye de fondo un boletín radiofónico que, interrumpiendo una canción pasada de moda, advierte a la población de “riesgo meteorológico muy alto por nieve y viento en la mitad oriental del territorio...”. Podría ser el comienzo de un film de tragedias meteorológicas, de vampiros, de héroes anónimos que salvan autoestopistas... Pero no. Sorprendentemente es una peli de mountain bike y el título es Tracks del Diable.
“Hoy se esperan nevadas intensas por encima de los 200 metros”, apunta la voz del meteorólogo. Es el lunes escogido para abandonar la gran ciudad y empezar una de las rutas organizadas y autoguiadas que más respeto infunden entre el colectivo biker. De cumplirse el pronóstico, el argumento promete acción extrema, casi rallando la epopeya, pero el timbre del teléfono corta el drama y los siguientes planos muestran una calle desierta cubierta de charcos desbordándose. Luego aparece un calendario, un dedo índice señalando fechas alternativas, un rotulador marcando casillas en blanco, hasta que sobreviene un pausado fundido en negro...
La imagen regresa con la tenue luz de una mañana nublada y un chyron que reza “dos semanas más tarde, en un apartado rincón de la mitad oriental del territorio...”. En la inmensa pantalla, en tres dimensiones, tres bikers sortean ágiles un sinfín de escalones de piedra, raíces y trampas de barro mientras encaran resoplando la enésima trialera del día, en lo alto de una sierra envuelta por una inminente tormenta.

ÁNGELES EN EL INFIERNO
Pese a su breve historia, pues nació a mediados de 2009, la Tracks del Diable posee una consabida fama de ruta “dura y técnica”. Entre los comentarios de los foros de internet se repiten conceptos como “increíblemente dura”, “muy técnica” o “exigente”. También coincide el perfil de los autores (y autoras), que suelen ser ciclistas aparentemente en muy buena forma que la han resuelto en solo 2 o 3 jornadas. Todos ellos (y ellas), tras dedicar unas cuantas cariñosas maldiciones al creador del itinerario, acaban deshaciéndose en elogios y alabanzas hacia la misma persona. Ya se sabe, del amor al odio solo hay un paso. Eso sí, más de uno (y una) reconocen que dedicándole “un día extra” habrían podido disfrutar un poco más del paisaje.
Sobre este aspecto nos insistió mucho Jordi Salarich, alma mater de la Tracks del Diable, una ruta que se desarrolla en un 90% por caminos trialeros, detalle que no resulta ni mucho menos casual. Jordi es un piloto de enduro reciclado en mountain biker que se confiesa incapaz de pedalear más de mil metros por una pista bien pisada sin sufrir un ataque de ansiedad. Este apunte no es ni exagerado ni irrelevante. En realidad es vital para comprender la naturaleza del recorrido de la ruta. Jordi nos acompañó pedaleando en la segunda etapa y en la subida final –de apenas 200 metros por un camino alquitranado– a la casa rural en la que nos alojábamos, estuvo a punto de requerir ayuda psicológica.
Jordi es quien nos recomendó hacer la ruta en 4 días (aunque luego preferimos dedicarle 5 jornadas) y quien cambió las reservas cuando la gran nevada era inminente. Además de informar, atender y seguir personalmente los avances de todos los que participan en la ruta, Jordi también se encarga, si es necesario, de sacar los árboles caídos a golpe de motosierra. Como buen perfeccionista e incansable emprendedor, trabaja entusiasmado en su proyecto y se desvive para que todos los ciclistas disfruten de la ruta. Es una especie de ángel de la guarda de los bikers, aunque más de uno puede haber sospechado que en realidad sea un agente doble y coopere con Lucifer, pues en algunos tramos de la ruta es fácil toparse cara a cara con el mismísimo demonio. Pese a las bromas, él se muestra satisfecho y orgulloso de que el centenar de bikers que acudieron en 2009 completara el recorrido.

PRIMER DÍA, DOS SEMANAS DESPUÉS
Llegamos a Torelló en el tren ya bien entrada la mañana. Jordi nos espera en la estación y nos acompaña hasta la sede de Tracks del Diable, donde carga el track de la ruta en nuestro GPS, nos da cuatro consejos y nos toma una foto del “antes de” para compararla dentro de unos días con el “después de”.
Ávidos de montaña, empezamos a pedalear casi a la hora de comer. Nada más comenzar apreciamos la filosofía del itinerario: senderos secretos que solo conocen los bikers locales nos llevan a lo alto de una gran mole de arenisca grisácea. Desde allí vislumbramos la espectacular Serra de Bellmunt, cubierta de frondosos bosques. A lo lejos, entre las nubes, se alzan montañas que despuntan en forma de quijadas rocosas. Son nuestro destino para hoy, los acantilados de Tavertet.
La extraordinaria nevada ya se ha transformado en agua y los arroyos bajan caudalosos. El bosque rezuma vida y los pies se encharcan en el primer vadeo del río Ges. Tras chapotear sobre sus fondos traslúcidos, reemprendemos la marcha siguiendo las indicaciones del GPS, siempre atento a nuestros movimientos. Más allá de lo meramente práctico, en la pantalla aparecen referencias topográficas que ayudan a saber más sobre la ruta. Las Costes del Puig nos roban los primeros sudores pero nos alzan hasta las Planes de Verdeguer. De allí, un torrente nos empuja al Clot de l’Infernot, el primer averno del itinerario, que continúa subiendo al Serrat de la Cavorca. Siempre pendientes del triangulito de la pantalla, alcanzamos animados la parte alta del Cingle dels Corbs.
Ya plenamente conscientes del perfil castigador y entretenido de la ruta, llegamos a Santa Maria de Corcó, también conocida como l’Esquirol. Aquí empieza la subida reina del día. Sobre el margen derecho del encañonado valle de la Foradada, el camino asciende, pegajoso, a través de una atmósfera húmeda y refrescante. Las piernas lamentan cada uno de los escalones naturales, los cambios de ritmo, los charcos de barro... Mientras, el cerebro desencadena una incontenible irradiación explosiva de varios kilotones de endorfinas. Es una rebelión imparable: el corazón palpita, los pulmones arden y los cuadríceps parecen contener cristales rotos, pero tu mente quiere más y más y más, y una sonrisa perversa y viciosa asoma por debajo de la visera de tu casco cuando superas Les Fotiques y entras en Cantonigrós, donde tomas aire, feliz porque la etapa aún no ha terminado, y descubres que la salida del pueblo discurre por una trocha de apenas un palmo que fluye junto a un arroyo enclaustrado por paredes de roca.
Poco después se accede al Pla d’Ardura y de ahí al coll Sesviles, que ronda los mil metros de altura, desde donde empieza el descenso a Tavertet por un camino que mana junto al Torrent de la Vena. Es una bajada digna de final de etapa: la senda se funde con el bosque, el río con la senda, nosotros con la bici y la bici con todo lo demás.
ES UNA REBELIÓN IMPARABLE: EL CORAZÓN PALPITA, LOS PULMONES ARDEN Y LOS CUÁDRICEPS PARECEN CONTENER CRISTALES ROTOS, PERO TU MENTE QUIERE MÁS, Y MÁS, Y MÁS.
DÍA DOS, MIL AÑOS DESPUÉS
A la mañana siguiente, la niebla oculta el fondo del valle. Hemos pasado la noche en la casa de payés El Jufré, que data del siglo XI y fue construida sobre el mismísimo borde del risco, a pocos metros y en la misma época que la iglesia románica de Sant Cristòfol. La cena –ensalada verde, puré de calabacín y estofado de jabalí– y el descanso –9 horas de reloj– han revitalizado el organismo, pero las bicis tienen varios pinchazos. Al repararlos, descubrimos algo peor: un corte en el lateral de la cubierta delantera de la bici de Amelia. Por suerte, Jordi aún no ha salido de Torelló, así que cuando sube a buscar nuestro equipaje para llevarlo al siguiente hostal trae una cubierta nueva. Mientras le esperamos, Lurdes, la casera, nos enseña las escrituras de la casa, un pergamino amarillento.
Al final Jordi decide acompañarnos en la etapa de hoy montado en una Niner de 29 pulgadas de test. Cerca de mediodía empezamos a subir por la pista de Rupit, que suele ser un espléndido mirador de varios kilómetros de longitud. Hoy la niebla lo cubre todo a ambos márgenes del camino, en los que se alzan las siluetas fantasmales de enormes robles centenarios.
Una nueva bajada nos lleva a través de continuos prados hasta Rupit. Callejeando por el núcleo medieval del pueblo caemos en una emboscada aromática que emana de la cocina del Hostal Estrella. Al dar cuenta del postre comprobamos que ya hemos comido y hoy solo hemos pedaleado 8 kilómetros. Otra vez vamos a tener que dedicarnos a fondo por la tarde para completar la etapa.
La primera parada será en el mirador del Salt de Sallent, una enorme catarata que surca la pared del desfiladero. Poco después rodamos sobre sus aguas para internarnos en un bosque inmerso en la niebla, siguiendo el curso del Torrent del Gruvet. Es el corazón del Collsacabra, tierra de leyendas sobre bandoleros de otros tiempos. Por sus antiguos dominios pasamos la tarde pedaleando. De vez en cuando me detengo a escuchar el silencio. No corre ni una brizna de aire. Nada se mueve y el sol es invisible. El tiempo parece haberse detenido hasta que el GPS señala una senda trepidante que cabalga por lo más alto de la Serra de Mateus, desde el Coll de Pixanúvies hasta el Coll de Saiols.
En plena cresta, ya a merced de un viento creciente, tememos que las nubes nos abduzcan o, lo que sería peor, que se desencadene una tormenta. El Serrat de la Cadena es el último escollo, tanto físico como psicológico, antes de llegar a Sant Andreu de la Vola. La bici también flojea y la transmisión empieza a chirriar. Con los últimos reflejos de luz encaramos la cuesta final, nos espera una ducha de agua caliente, una cena de payés, un catre...

TERCER DÍA, LA RESURRECCIÓN
Amanece soleado. Es el gran día. Es la etapa que todos temen. La que más apetece. Hoy el perfil tiene forma de peine gigante. Tras un desayuno digno de equipo de fútbol americano, el GPS nos devuelve a la ruta, que desciende hasta el curso del río Fornés. Lo cruzamos, lo fotografiamos y un camino tortuoso nos recuerda donde estamos y lo que nos espera. Al cabo de nada, cruzamos una carretera local y el track nos invita a subir por la Carena de la Sala, que de entrada resulta rompedora, pero que 100 metros más arriba se humaniza en forma de onírica senda.
Poco a poco vamos ganando altura. Es algo para lo que uno va mentalizado, pero de pronto, entre jadeos y tensiones de espalda, caes en la cuenta de que hace mucho, muchísimo rato que no quitas el plato pequeño. ¿Será ésta la temida “Cuesta de la Muerte”? Dicen que tiene 4 km y 400 metros de desnivel, con un sector al 20%. Prefiero no mirar. Prefiero no saber. Lo único que quiero es llegar a Vidrà lo antes posible. No quiero ni imaginar lo que debe de ser afrontar estas rampas habiendo hecho los casi 100 km que hemos acumulado entre anteayer, ayer y esta mañana en un único día. Los que hacen la ruta en solo dos días y duermen aquí la primera noche deben de flipar.
La toponimia sigue hablando de la ruta: desde la Carena del Castell llegamos al Collet de Can Patiràs (sufrirás, en castellano) y tras pasar bajo los Cingles de Salgueda una senda nos acerca al Turó de Degollats (degollados).
Como dos carneros huidos del matadero alcanzamos Vidrà, área neutral en la que nos sentamos a la mesa del Hostal Serrasolsas. Frente a un plato de fideos y un filete con patatas nos sentimos más a salvo de los demonios que acechan fuera.
Desde Vidrà la ruta sigue trepando. No cesamos de subir y bajar collados entre acantilados, bosques, arroyos... El itinerario da un rodeo espectacular por la sierra de Milany que merece la pena, aunque la toponimia vuelva a echarle a uno un poco para atrás, sobre todo al alcanzar el Coll de l’Home Mort. Durante un prolongado descenso, alcanzamos una zona de prados desde la que se distinguen los Pirineos, todavía copiosamente nevados. Hacia poniente aparece la extraña silueta del Pedraforca, junto a las rampas de la cara sur del Cadí.
En Santa Maria de Besora el GPS indica unos pocos kilómetros de descenso por la carretera, pero pronto nos desvía por fincas y campos que desembocan en el Camí Vell de Sant Quirze de Besora, donde entramos por un sendero de esos que no salen en ningún mapa.
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TRACKS DEL DIABLE
Itinerario: 220 km / 6.790 m+.
Duración: 2, 3, 4 o 5 etapas.
Temporada: todo el año.
Filosofía: ruta autoguiada no competitiva que se sigue con GPS. Hay que sellar la hoja de control en diversos puntos del recorrido. Al final, los finishers reciben un maillot exclusivo.
Organización: Tracks del Diable se encarga de las reservas hoteleras y ofrece un servicio opcional de transporte de equipajes.

+ info: www.tracksdeldiable.com

BOSQUES HECHIZADOS
El cuarto día amanece también radiante y los primeros 10 km de ruta son una tregua, un agradable respiro que tiene lugar en un valle soleado cubierto por pastos brillantes en los que pacen docenas de vacas con sus terneros recién nacidos. La estampa es verdaderamente tierna, pero la realidad nos espera al otro lado del claro, donde medran exuberantes pinedas. Tras los Plans del Bosoms, una rampa inhumana antecede a un río que labra la roca. A partir de entonces los charcos y el barro son los dueños del camino pues seguimos pagando las consecuencias de la gran nevada, que hoy ya no hace ninguna gracia. El terreno ralentiza el avance y nos vamos cubriendo de capas de lodo de distintos tonos y densidades. En algún tramo, como en lo alto del coll Mercadal, el camino parece un circuito de ciclo-cross, así que improvisamos atajos sobre la hierba, yendo campo a través siempre que es posible.
Hoy nos esperan las temidas “Entrañas del Diablo”, una sorpresa que Jordi no ha querido estropearnos. Poco antes de Alpens comprendemos a qué se refería: un par de rampas durísimas sobre una lengua de roca que nos arrebatan el último suspiro antes de caer rendidos entre la maleza.
Más abajo se encuentra Alpens, donde paramos a comer en La Fonda, que es control de paso de la ruta. Por la tarde, más serenos, rodamos sin prisa pero sin pausa por caminos entretenidos, pero sin complicaciones técnicas. Avanzando por vías en desuso, perdemos la noción del tiempo y también la cuenta de los valles en los que yacen restos de monumentales masías en ruinas.
La ruta continua en un sube y baja constante a veces un tanto caprichoso –como en el Collet de Cal Pagès, Jordi, en el que nos haces bajar para volver a subir otra vez por detrás... ¡ahí te nominamos para Belcebú del año!–, y luego se dirige hacia Santa Eulàlia de Puig-oriol, donde nos espera una casa del siglo X acondicionada para el turismo rural. A estas alturas ya quedan pocas fuerzas. Manguerazo a la bici, ducha calentita, cena de payés... Es la primera vez que tomamos macarrones caldosos. ¿O es sopa de macarrones? Realmente deliciosos.

SIMPATÍA POR EL DIABLO
Al día siguiente la ruta empieza más rodadora que nunca. Tras un agradable descenso aparecemos en lo hondo de un valle cerrado donde el camino recupera altura por una pista que enseguida despierta las alarmas del pulsómetro.
En el mapa continúa el lance entre el bien y el mal. Tras cruzar el Rec del Gorg Negre aparece la ermita de la Mare de Déu del Remei, pero con el Serrat del Diable justo a sus espaldas. Como podemos, despistamos al cansancio y llegamos a Perafita a la hora del almuerzo. El sello lo ponen en la panadería Franquesa, un lugar no apto para diabéticos (no os perdáis la coca, en cualquiera de sus versiones). Desde ahí una nueva subida nos lleva al Pla de la Pinassa, donde pastan varios caballos curiosos. Poco más allá se alza la ermita románica de Santa Margarida de Vilaltella, del siglo XII, otra buena excusa para descansar un poco.
El vía crucis nos conduce hasta una virgen en la fachada de una casa en Sant Boi de Lluçanès, con la inscripción “Salus infirmorum” debajo, y El Purgatori, un bosque que crece sobre un meandro a orillas del río Ter. Nada más cruzarlo, la ruta supera como puede una autovía en plena fase de ampliación y dos minutos después volvemos a la paz reinante en todo el itinerario. Una pista sube plácida hacia el Coll de Duec. Sabemos que es la última. Ha de ser la última. La pista muta en camino, luego en senda, luego en trinchera. Coronamos subidos en las bicis, dispuestos a todo, a disfrutar del anhelado descenso, que se abre paso por un prado hasta el Coll de l’Hostal del Malgovern (mal gobierno, otra clase de infierno), desde donde una pista desciende hasta Sant Pere de Torelló. A partir de aquí, el GPS vuelve a mostrarnos caminos invisibles, sendas escondidas que serpentean a orillas del río Ges, pasan bajo oscuros túneles y desembocan en Torelló. Allí nos espera San Pedro, perdón, Sant Jordi, con nuestras maletas, su “más sincera enhorabuena” y el permiso para quedarnos con los merecidos maillots de finishers. Bienvenidos al paraíso. «

Texto y fotos: Sergio Fernández Tolosa & Amelia Herrero Becker, para Solo Bici nº 228, mayo 2010

¿SERÁ ÉSTA LA TEMIDA “CUESTA DE LA MUERTE”? DICEN QUE TIENE 4 KM Y 400 METROS DE DESNIVEL, CON UN SECTOR AL 20%. PREFIERO NO MIRAR. PREFIERO NO SABER.
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