PASIÓN POR LAS MONTAÑAS
Mulhacén - Toubkal I
CRUZAR ESPAÑA EN MOUNTAIN BIKE, EN PLENO VERANO Y CARGADOS CON EL EQUIPO DE ALPINISMO PUEDE PARECER UNA LOCURA SIN SENTIDO, PERO PARA NOSOTROS ES SÓLO LA CONSECUENCIA DIRECTA DE DAR RIENDA SUELTA A NUESTROS ANHELOS DE AVENTURA Y NUEVOS HORIZONTES. DURANTE TRES SEMANAS RECORRIMOS MÁS DE 1.200 KM POR LAS MONTAÑAS QUE SEPARAN LOS PUERTOS DE BECEITE, EN TARRAGONA, DE LA SIERRA DE TEJEDA, EN MÁLAGA, PASANDO POR EL TECHO DE LA PENÍNSULA, EL MULHACÉN.
Una aventura –o un viaje– en bicicleta puede empezar un día cualquiera, como un viernes 13 de agosto frío y lluvioso, en una inocente vía verde. La ciudad de Tortosa, a orillas del Ebro y a los pies de los accidentados puertos de Beceite, es el lugar escogido como punto de partida. El destino lo decidirá el día a día, pero la intención es pedalear hasta Málaga cruzando España, pero no por la costa, sino por las montañas de Tarragona, Castellón y Teruel, enlazando luego con las sierras de Castilla-La Mancha y las de Jaén, Granada y Málaga, encaramándonos a Sierra Nevada, cruzando hacia La Alpujarra por la antigua “carretera” de Capileira, alcanzando la costa más allá de las sierras de Tejeda, Alhama y Almijara... Al otro lado del estrecho de Gibraltar nos aguardan las montañas de El Rif y los Atlas, pero esos nombres suenan tan lejanos todavía...

A ORILLAS DEL EBRO
El primer día de viaje, la meteorología acompaña poco y el viejo camino del tren, hoy desierto, gana altura silencioso desde Tortosa hacia Pinell del Brai, Horta de Sant Joan, Alcañiz... Pedaleamos por el antiguo trazado de un ferrocarril minero que transportaba carbón de Teruel hacia los puertos de la costa. Un sinfín de túneles nos conducen a través de gargantas y desfiladeros, a la vez que nos sirven de guarida cuando diluvia con más fuerza. En una de las paradas, a pocos metros del camino, sorprendemos a dos cabras montesas, dos hembras nada asustadizas que se alejan ágiles pero sin prisa por el mojado risco.
La tarde avanza entre parajes espectaculares –más de lo que habíamos imaginado, la verdad– y la vía verde acaba resultando el terreno más acertado para habituarse al peso del equipaje rodando lejos de los coches. Sólo justo antes del ocaso, el sol logra asomarse desde el horizonte, bajo el grueso manto de nubes, y tiñe de rojo los increíbles barrancos de los puertos. Junto a las ruinas de una estación abandonada, plantamos nuestro primer campamento. Al día siguiente llegamos a Valderrobres, donde están visiblemente de fiestas, y continuamos hacia Fuentespalda, Herbés, Morella... Antes de vislumbrar sus imponentes murallas y el acueducto del siglo XIV que nutría de agua a la población, subimos el puerto de Torre Miró, el primero del viaje, que nos recuerda lo que es resoplar a 5 km/h, guardando el equilibrio por una estrecha y sinuosa lengua de asfalto parcheado.
Siempre que es posible nos decantamos por pistas forestales, caminos vecinales o viejas carreteras, de las que ya tenía olvidadas el MOPU, y ni el Ministerio de Fomento ni el plan Zapatero han convertido ya en monótonas vías rápidas. A veces erramos, o llegamos tarde, y nos toca tragarnos un tramo de arcén insulso por una carretera renovada mientras estudiamos, como nostálgicos arqueólogos, las atractivas curvas de la antigua calzada, semienterradas por las excavadoras, tomadas por la vegetación.

PUPILOS DEL MAESTRAZGO
En las próximas jornadas nos enfrentamos a las duras pendientes del Maestrazgo turolense, que nos elevan primero hasta Mirambel y Cantavieja, desde donde nos encaramamos al paso de Tarayuela por una pista “aglomerada” que nos lleva más allá de los 1.600 metros de altitud. Al coronar, unos densos nubarrones invitan a plantar la tienda en un bucólico prado y esperar a que la tormenta pase de largo.
La pista forestal avanza entre bosques de abetos hasta que desciende a Mosqueruela. Llevamos días pasando por pueblos marcados por la historia y con un legado monumental incalculable. Algunos conservan su espíritu original sin artificios turísticos ni escaparates con souvenirs. Sus calles empedradas son auténticas, igual que sus vecinos, el cartero, la tienda de ultramarinos, la carnicería, el horno de pan y el agua de la fuente.
El siguiente obstáculo es el puerto de Linares (1.720 m). El paisaje es hermoso, pero la carretera resulta aborrecedora. Aprendemos la lección enseguida y tras pasar bajo el horror de la A-23 nos internamos durante unos kilómetros en otra vía verde, la de los Ojos Negros.
En cuanto el mapa nos da opción, tomamos otra pista, aunque dé mayor vuelta. La recompensa es un camino de tres metros de ancho, pavimentado, que comunica Los Cerezos con Abejuela por la sierra de Javalambre. Pedaleamos cuesta arriba junto a un arroyo de agua helada hasta los 1.500 metros de altura antes de empezar un vertiginoso descenso. En total, más de 25 km de agradable travesía antes de llegar a las minas de La Yesa y el acueducto medieval de Alpuente.
En Titaguas nos espera otro sector memorable. Aparentemente, una pista nos permite evitar el asfalto hasta Sinarcas pasando por el corazón de la masa forestal más extensa de la comunidad valenciana, en el curso alto del río Turia. Un paisano nos recomienda ir por otro lado porque “la pista está muy mal”, pero desoímos su consejo y encontramos un camino 100% transitable, con algo de grava, que se escabulle entre barrancos de paredes cóncavas dentro de la inmensa pineda. Poco después bajamos hasta el curso del río Guadalaviar (del árabe, “wadi al biad”, ‘río blanco’), que tras varios días de lluvias baja marrón y agitado, y rodamos hasta las cuatro paredes que quedan de la iglesia de La Olmedilla, una aldea abandonada, donde erigimos nuestro siempre provisional campamento nocturno.
MILLONES DE MOSCAS NOS ACECHAN, ES MEDIODÍA Y EL TERMÓMETRO RONDA LOS 44 GRADOS AL SOL. EL SUPUESTO ATAJO SE CONVIERTE, POR UN MOMENTO, EN UNA PESADILLA ABSURDA.
MOLINOS Y GIGANTES
Pedalear por lugares insólitos a menudo supone de por sí una recompensa, pero a veces conlleva pagar un alto precio. Tras una noche tranquilísima en el pueblo fantasma, nos enfrentamos a una dura ascensión por el camino de La Solana, que implica más de 20 km de pista plagados de regueros y pedregales, bajo un calor canicular y, cómo no, con unas rampas inhumanas. Al cabo de una hora de lucha y bufidos, empezamos a creer que el paisano de Titaguas quizá tuviera algo de razón, aunque nos mantenemos firmes en nuestro deseo de disfrutar de un camino ajeno al tráfico motorizado.
Algo similar se repite poco más allá, entre Sinarcas y La Loberuela, donde el viejo camino vecinal ha cambiado de trazado y el track grabado en el GPS, marcado sobre un mapa a todas luces anticuado, nos lleva por un terreno a priori abrupto en exceso. Millones de moscas nos acechan, es mediodía y el termómetro ronda los 44 grados al sol. El supuesto atajo se convierte por un momento en una pesadilla absurda, pero el nivel de pesimismo disminuye de repente cuando, a nuestro paso, cinco venados jóvenes y escurridizos huyen brincando por un campillo de desaliñados almendros.
Horas después llegamos a Camporrobles, nuestro primer punto de avituallamiento “oficial” del viaje, en el que pasamos varios días recuperando energías a base de suculentas dosis de colesterol enmascarado bajo las más variadas formas de presentación... Sí, no hay nada mejor que unos días con la familia para retomar fuerzas.

UN ALTO EN EL CAMINO
Camporrobles es un pueblo 100% auténtico, con su cooperativa de vino, sus fiestas, sus damas de honor, su cofradía, la procesión, la banda, la disco-móvil, la piscina municipal... De roble no queda ni uno, pero lo que sí hay es una montaña con forma de muela que ya los íberos se empeñaron en defender. Hoy, desde los restos del poblado prerromano, se observa el moderno campo de molinos de viento que han levantado en el término municipal vecino. Los camporruteños se quejan: “A nosotros nos fastidian las vistas, pero la energía es para ellos. No hay derecho”.
En las siguientes jornadas, ya más hechos al ritmo del viaje, el paisaje humano empieza a hablarnos, dibujando un retrato de la España rural actual, la de los rebaños ovejeros pastando junto a inmensas plantas termosolares, los parques naturales con rutas temáticas, las autovías, las líneas de AVE, el ladrillazo, los emigrantes españoles que fueron a Alemania, los jubilados con ganas de que alguien les escuche, la crisis hipotecaria, el wi-fi callejero, los encierros, el tuning, el body-piercing, los cotos de caza, las fincas valladas, la fauna autóctona que pervive contra todo pronóstico, los contenedores de reciclaje, el prohibido fumar en el bar de siempre, la colilla encendida por la ventanilla, los vertederos clausurados, las cunetas-papelera.

FAUNA DE AYER Y HOY
Tras cruzar el Parque Natural de las Hoces del Cabriel, entramos en Castilla-La Mancha y afrontamos los primeros llanos del viaje. Pedaleamos durante horas a merced de la chicharrina imperante, entre campos de cereales ya segados, por carriles rectilíneos y bacheados, caminos rurales olvidados que comunican cortijos aislados y anchas pistas de servicio de los casi omnipresentes parques eólicos. De cuando en cuando topamos con agradables sorpresas, como el espectacular cañón labrado por el Júcar entre La Recueja y Jorquera, en cuyos márgenes encontramos restos fósiles de caracoles marinos atrapados en el moldeable yeso de sus paredes.
Tras superar los montes de Chinchilla y la sierra de San Juan, improvisamos un paso desde Bogarra hacia Riópar, salvando el puerto de las Crucetillas desde Ríomadera, un agradable “carril” por el que apenas pasan coches.
A Andalucía accedemos desde el Parque Natural de los Calares del Mundo, por Siles, donde tomamos el secundario camino de la Acebea, que nos adentra en la parte trasera del Parque Natural de las Sierras de Cazorla, Segura y las Villas. Tras una exigente ascensión –otra más–, la pista nos conduce por densos bosques en los que sorprendemos a varias manadas formadas por huidizas ciervas.
El paso entre Jaén y Granada resulta más traumático. De Huesa a Dehesas de Guadix trazamos un track con el GPS por pistas que serpentean por densas pinedas que cobijan gráciles rebecos. A priori suena paradisíaco, pero a mediodía la sierra se transforma en un horno laberíntico. Tras varias horas de traqueteo y esfuerzos límite al borde del delirio, nos remojamos acalorados en las olorosas aguas del río Guadahortuna.
A la mañana siguiente, sobre los altos de Pedro Martínez divisamos por fin la silueta de Sierra Nevada. Pese a la calima, luce inconfundible y mastodóntica, adornada por algunos neveros sobre sus cotas más altas. A última hora de la tarde, pedaleando por los bosques de La Peza, otra familia de curiosos rebecos nos muestra un rincón ideal para acampar bajo la luz de la luna. Se trata, sin duda, del viaje de los venados.
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MULHACÉN - TOUBKAL I
Itinerario: 1.250 km / 20.946 m+.
Recorrido: Tortosa - Morella - Mirambel - Camporrobles - Riópar - Cazorla - Granada - Sierra Nevada - Málaga.
Época ideal: primavera, verano y otoño.

blog:
Crónicas Mulhacén - Toubkal
LARGA ASCENSIÓN AL VELETA
Para cruzar Sierra Nevada elegimos el viejo camino que unía Granada con Capileira por Güéjar-Sierra. En plena cuesta, uno de los cientos de ciclistas granadinos que pedalean por la carretera de Quéntar nos alarma sobre los neveros que según él impiden cruzar este verano por el paso de La Carihuela. Lo pinta tan negro y se muestra tan categórico, que incluso llegamos a trazar un plan alternativo para subir al Mulhacén a pie desde Güéjar-Sierra. Sin embargo, al día siguiente, tras varias intentonas frustradas logramos contactar telefónicamente con los guías del parque nacional. Según la versión oficial, la mayor parte de la nieve “ya se ha fundido, y aunque requiere precaución, el paso está abierto”.
Con el optimismo renovado y las piernas rebosantes de energía tras una jornada de descanso, encaramos la larguísima ascensión por el sinuoso camino de la estación de Maitena, que en El Dornajo enlazamos con la vieja carretera del Veleta. A partir de ahí ya quedan pocas sombras y el aire se hace fino, ligero. Pasamos la noche en el albergue universitario, a 2.550 metros sobre el nivel del mar, para continuar al día siguiente con el plato pequeño rumbo a la cima del Veleta. De camino observamos cómo las nubes van ocultando los valles, cada vez más lejanos, y empiezan a trepar por las laderas boscosas de las cotas inferiores.
Poco antes de coronar, la niebla nos atrapa. Las nubes vuelan pendiente arriba, heladas y raudas, borrando el paisaje de un plumazo. Desde la cima sólo se oye el eco de un panorama montañoso que adivinamos rocoso, entre negruzco y rojizo, por los colores del firme que pisamos. Son momentos de paz y felicidad por la meta conseguida, pero también de incertidumbre por lo que nos deparará la otra vertiente de la sierra.

TRAVESÍA AL MULHACÉN
Nieve, hielo, desprendimientos, falta de mantenimiento... Para la “carretera” de Capileira (así la conocen en la Alpujarra), los inviernos no pasan en balde. Cerrada al tráfico motorizado desde hace décadas, hoy es un camino bastante trialero salpicado de rocas de todos los tamaños, surcado por regueros de agua del deshielo y cubierto por algunos neveros que persisten a final del verano tras un invierno especialmente gélido.
Poco más allá del desvío al Veleta, el camino tuerce a la izquierda, pasa junto al refugio vivac de La Carihuela e inicia un descenso que se intuye espectacular. Tras la volátil niebla, por el rabillo del ojo, vislumbramos de forma intermitente un nuevo valle salpicado por lagunas en calma. El firme es pedregoso y húmedo, pero 100% ciclable excepto en algún tramo todavía cubierto por la nieve, que a estas horas está blanda y resulta fácilmente franqueable. Más arriba, tras varios toboganes y una hora de emocionante travesía, encontramos la laguna de La Caldera y, junto a ella, el refugio vivac que lleva su nombre. Es hora de potabilizar agua, rehidratarse, preparar la cena y descansar. Mañana, si todo va bien, subiremos al punto más elevado de la península Ibérica y, si hay suerte, desde la cima del Mulhacén divisaremos el mar, las cumbres de El Rif...

ÚLTIMOS PASOS
Compartimos el refugio con cuatro montañeros más, pero a última hora llega un nuevo inquilino que apenas articula sonido. Visiblemente exhausto, deja la mochila en un rincón, se incuba en el saco de dormir y empieza a roncar al instante.
Al alba, cuatro rebecos curiosean cerca de la puerta del refugio, seguramente en busca de algún resto de comida. La silueta del Mulhacén luce perfecta y el viento ha amainado ligeramente. Cada cual se prepara a su manera para el último tramo de la ascensión. Unos calientan té, otros engullen galletas... El más silencioso y misterioso acaba presentándose ofreciendo una ronda de aguardiente de ciruela. “Primero beber, luego comer. Es fuerza para Mulhacén”, afirma convencido. Medio dormidos, nos mojamos los labios con el fuerte licor que parece dar alas al eslovaco, que acaba siendo el primero en coronar ese día el Mulhacén.
Desde lo alto disfrutamos de una generosa panorámica de Sierra Nevada. A un lado, reconocemos la ruta que hicimos ayer, vemos el Veleta por su cara más abrupta y la laguna de La Caldera. Al otro, sobre un tremendo barranco, aparecen las Siete Lagunas y otras cumbres de más de 3.000 metros. El Mediterráneo no es visible. Lo tapa un algodonoso mar de nubes aún lejano, pero que amenaza con cubrirlo todo en unas horas.

CAMINO SIN SALIDA
Tras recuperar las bicicletas, que nos esperan en el refugio, emprendemos un eterno descenso hacia Capileira en el que debemos atravesar una capa de nubes de un kilómetro de espesor. El camino se convierte en pista a partir del desvío al refugio de Poqueira, pero la niebla mantiene intacta la magia del momento. Al llegar a Capileira, el shock con la civilización es demasiado repentino. "Qué bien se estaba en la montaña, aunque por otro lado, qué buena está la pizza hecha en horno de leña". Algo resignados y todavía desubicados, seguimos por asfalto hasta el embalse de Béznar, donde el altímetro ha sumado 3.300 metros de descenso en una sola jornada.
Con Sierra Nevada a las espaldas, en teoría sólo nos restan un par de días más de pedaleo hasta Málaga. Desde el balneario de Lanjarón parecía fácil, pero las durísimas rampas –a menudo superiores al 23%– de las pistas de las sierras de los Guajares y de Albañuelas nos procuran una dolorosa e imprevista estocada, a la vez que una penúltima lección de modestia. La enseñanza definitiva se teje al día siguiente, al intentar cruzar la imponente sierra de Tejeda siguiendo el curso del río Alhama. Tras avanzar varios kilómetros por un tortuoso camino, un pronunciado descenso nos lleva hasta el lecho del río, que fluye cristalino entre altísimas paredes de roca que apenas dejan espacio para que corran las aguas. El sol acaba de ponerse y por un instante dudamos sobre si encontraremos un lugar adecuado para acampar en mitad de esta abrupta orografía. Cien metros más allá hallamos la respuesta: el camino muere de forma súbita, formando un cortado de varios metros. No hay duda, el río se lo llevó hace tiempo y nadie lo ha reparado. Caminamos cauce arriba, entre sonoros saltos de agua e inmensos caos de rocas, valorando la remota posibilidad de organizar un porteo de bicis y equipajes que se intuye laborioso, casi faraónico, pero tras una considerable caminata no hallamos resto alguno del camino. Ahí mismo, bajo un manto de estrellas, montamos la mosquitera y extendemos los sacos de dormir. Para llegar a Málaga, mañana nos tocará volver atrás en busca de otra salida hacia el mar, dando un largo rodeo. Aquí no hay nada que hacer. La naturaleza ha recuperado lo que le pertenecía, por fuerza y derecho. «

Texto y fotos: Sergio Fernández Tolosa & Amelia Herrero Becker, para Solo Bici nº 233, octubre 2010



REPORTAJE MULHACÉN - TOUBKAL EN TELEDEPORTE

CADA CUAL SE PREPARA A SU MANERA PARA EL ÚLTIMO TRAMO DE LA ASCENSIÓN. UNOS CALIENTAN TÉ. OTROS ENGULLEN GALLETAS. EL MÁS SILENCIOSO OFRECE UNA RONDA DE AGUARDIENTE DE CIRUELA. "PRIMERO BEBER, LUEGO COMER. ES FUERZA PARA MULHACÉN", AFIRMA CONVENCIDO EL ESLOVACO.
OTROS REPORTAJES DE CONUNPARDERUEDAS...