LA GRAN EVASIÓN
BI3000 - Ruta de la Retirada
DOS DÍAS. SÓLO DOS DÍAS. UNA ESCAPADA RÁPIDA. UN FIN DE SEMANA DE LOCURA. EN APENAS 108 KM DE PURO MOUNTAIN BIKE EN EL CORAZÓN DEL PIRINEO ORIENTAL, LA BI3000 PLANTEA UN VIAJE A LO MÁS PROFUNDO DE LA ESENCIA BIKER, UN ESTADO DE CONCIENCIA EN EL QUE UNO OLVIDA TODO LO QUE QUIERE OLVIDAR Y RECUERDA POR QUÉ PRACTICA MOUNTAIN BIKE. SENDEROS INTERMINABLES, ESTIMULANTES ASCENSIONES, TRAVESÍAS POR BOSQUES SIN FIN... VIAJAMOS HASTA CAMPRODÓN PARA INOCULAR SU HECHIZO EN NUESTRAS CARNES. EL VENENO LLEGÓ HASTA EL TUÉTANO. Y TODAVÍA HOY NOS DURA EL EFECTO.
Exactamente un año después de disfrutar de la BI6000 –una ruta de esas que dejan huella en tu interior, que te descubren tu lado biker más oscuro, mostrándote tus grandezas y tus debilidades–, regresamos al valle de Camprodón para asistir al bautizo de la ruta más joven de la familia: la BI3000. Jaume Vila y Jordi Cutrina, los responsables de la criatura, han traído al mundo un nuevo itinerario que se hace cómodamente en dos días y utiliza caminos totalmente distintos a los de la BI6000. Lo primero que les preguntamos es por el nombre de la ruta: “¿Acaso tiene 3.000 metros de desnivel?”. “En realidad tiene tres mil y pico”, apunta Jaume restando importancia al “pico”. La segunda pregunta es sobre el carácter del itinerario. “Es muy potente, tiene muchas sendas, buenas subidas, bajadas entretenidas, paisajes únicos... Creo que os va a gustar, sobre todo mañana”, nos avanza la víspera del estreno mientras devoramos sin vacilar gigantescas rebanadas de pan de payés untadas con tomate y cubiertas con sabrosos embutidos caseros. Mañana lo vamos a necesitar.

EL DÍA PERFECTO
Etapa 1: 57 km / 2.222 m+
Amanece fresco. Se nota que estamos en el Pirineo. Desayunamos en el hotel, pero no en la cafetería, sino en la sala de lectura: bocadillos, magdalenas, café, zumos... Nos lo dejaron todo preparado anoche. Metemos el picnic en el Camelbak y, más abrigados de lo habitual por estas fechas, bajamos las escaleras con todo el sigilo que permiten las calas SPD. Sacamos silenciosamente las bicis del almacén, repasamos el contenido de las mochilas y cerramos la puerta con suma delicadeza. Ya estamos fuera. En la calle. Ya no hay vuelta atrás.
TwoNav en marcha, abrir carpeta “tracks disponibles”, abrir track “BI3000 día 1”... Segundos después atravesamos el casco antiguo de Camprodón peda- leando por callejuelas empedradas. Todo es silencio. Enseguida llegamos al puente de origen románico, que permanece en el mismo sitio que anoche, al igual que el río y sus patos, todavía dormidos con el pico debajo del ala. La calle continúa desierta. El horno, cerrado. Esta vez hemos batido nuestro propio récord de madrugón. ¡Son las siete de la mañana!
Salimos de Camprodón por una pista asfaltada camino de la primera ascensión del día. De entrada, la pendiente es suave y agitamos las piernas de forma enloquecida, no sólo para entrar en calor, sino también de pura excitación. Nos alegramos de estar aquí, entre bosques de ribera, a orillas del río Ritort, encarando una jornada que se adivina larga, intensa y llena de sorpresas. El cielo brilla azul por todas partes, pero enseguida sobran los cortavientos.
Nada más llegar a Font Rubí, un barrio aislado de Camprodón, el track nos desvía por un sendero que salva, de repente, un profundo desnivel entre los árboles. Es el primer aviso de la BI3000, que enseguida nos obliga a pedalear atentos.
Cruzamos una carretera, y enlazamos con una subida por senda, una bajada más, y otra subida por sendero, hasta tomar un riguroso camino que gana altura por el viejo camino de Francia. Pasamos por las ruinas de La Casilla, antiguo puesto de carabineros. Ganamos altura hacia la Roca del Gall, para soltar las piernas poco después en una breve y rápida bajada al Coll Prugent. A partir de aquí, hacemos un último esfuerzo para conquistar los 1.511 metros de altura del Coll d’Ares, en cuya cumbre el antiguo camino enlaza con la actual carretera.

HUIDA HACIA DELANTE
Una garita fronteriza abandonada, reconvertida en restaurante cuando se eliminaron las fronteras en Europa, ocupa un lado de la amplia explanada. Al norte, el collado se desliza hacia Francia. El cielo sigue claro y el sol inunda el horizonte, sobre el que oteamos la orilla del mar Mediterráneo. Unas anchas playas brillan en la distancia, destacando sobre la línea de la costa. Parecen las playas de Argelès-sur-Mer.
Estamos en el Coll d’Ares, una de las vías de huida hacia el exilio para los refugiados de la guerra civil española. Hoy nada indica lo que ocurrió aquí hace 71 años. Sólo una placa recuerda el hecho, con una fotografía tomada en este mismo lugar, en la que se ven docenas de camiones y carros amontonados, abandonados en la frontera.
El track del GPS nos descubre una estrechísima senda, un tanto expuesta y precaria en los primeros metros, que ataja directamente hasta la siguiente curva de la carretera. Poco más allá, la ruta se interna en un bosque cerrado del que no saldremos hasta llegar al fondo del valle. Es el descenso ciclable por senda más largo y extasiante que podemos recordar: casi 6 km y 800 metros de desnivel negativo, completamente limpio, sin piedras, sólo con algunas raíces en la parte superior. El resto es un sinuoso singletrack que alterna los pasos fáciles con alguna trialera y diversos sectores con un vasto cortado a la izquierda de esos que reclaman confianza en uno mismo.
A lo largo del camino vemos diversas estacas con el lema “Camí de la Retirada”. Rodamos cuesta abajo por una senda histórica cuyo origen se pierde en el albor de los tiempos, un camino fruto de las huellas de cientos, miles de personas. Pastores, comerciantes, campesinos, gendarmes, viajeros, peregrinos... Es también el camino que usaron los que huían derrotados, civiles y milicianos, de la segunda República, heridos, enfermos, agotados, en febrero de 1939. Dejaron los coches en lo alto del puerto, nevado en aquel crudo invierno. Bajaban a pie, sin nada, atajando por el bosque, pues en aquel tiempo no había carretera hacia Francia. Sólo esta senda. Se calcula que en pocas semanas cruzaron por estos montes entre 80.000 y 100.000 personas.
RODAMOS CUESTA ABAJO POR UNA SENDA HISTÓRICA CUYO ORIGEN SE PIERDE EN EL ALBOR DE LOS TIEMPOS, UN CAMINO FRUTO DE LAS HUELLAS DE CIENTOS, MILES DE PERSONAS. PASTORES, COMERCIANTES, CAMPESINOS, GENDARMES, VIAJEROS, PEREGRINOS...
CAMINOS DISTINTOS
El mismo camino hoy luce distinto. Solitario y silencioso, nos engulle en un túnel verde interminable a través del bosque, que muda mientras perdemos altitud.
Seis kilómetros de senda más allá, cruzamos el puente sobre el río Le Tech y entramos en Prats de Molló. El pueblo huele a fiesta. Una orquesta ensaya sobre un pequeño escenario y la gente se acerca a la plaza, llena de guirnaldas, cargando con cestas de mimbre rebosantes de viandas y botellas de vino. En Francia comen pronto. Les observamos envidiosos mientras nos embuchamos unos bocatas traídos de Camprodón. Masticando y hablando a la vez, sin lugar para los buenos modales, comentamos emocionados cada tramo del inolvidable descenso que acabamos de acometer.
Al rato retomamos la marcha. De entrada subimos por la carretera, pero poco después nos desviamos por un camino ascendente que se abre paso por el espléndido bosque de Les Carboneres. La ascensión es larga pero contenida. Sin grandes esfuerzos –sólo un poco de paciencia–, recuperamos la cota de los 1.500 metros y divisamos de nuevo la inconfundible silueta del macizo del Canigó, ahora medio cubierto por nubes que amenazan con aguarnos la fiesta.
Al salir del bosque, la luz nítida que iluminaba la mañana se ha evaporado por completo. Ahora pedaleamos sobre la línea divisoria.
Un par de toboganes anteceden al Coll de la Clapa y el Coll Pregon. La atmósfera se cierra. La niebla nos envuelve creando un ambiente casi transilvano. Surcamos lomas desnudas, praderas que se pierden más allá de la nebulosa. Pedaleamos por caminos trialeros de los que hacen las delicias de cualquier biker, simples roderas que parten en dos el firme montañoso.
Una vez junto al poste indicador del Coll Pregon, viramos 90 grados a la izquierda. La niebla se abre ligeramente y nos muestra el valle durante unos segundos. El descenso hacia la vertiente sur es inminente, de lo cual nos alegramos. Sólo nos preguntamos una cosa: ¿Lloverá? Nos invade una agradable sensación de desamparo. Somos adictos a esto.

PENÚLTIMO DESCENSO
La bajada arranca a través de un prado y se escabulle entre ásperos arbustos por un atrayente singletrack. La inercia nos lleva raudos y felices cuesta abajo, hasta que el camino se ensancha ligeramente y aterrizamos en Espinavell. Encontramos un pequeño restaurante-tienda llamado Can Jordi en el que merendamos un té caliente y varios pedazos de un bizcocho casero riquísimo. Tras la pausa continúa la bajada, esta vez por el entramado de callejas –algunas realmente estrechas– de Espinavell, para enlazar con un camino que nos llevará hasta la carretera de Camprodón, que dejamos sólo 500 metros más allá.
Empieza ahora la tercera y última ascensión del día. Primero sube por una pista con bastante desnivel, y luego por un camino más estrecho y tendido que nos lleva hacia una zona de pastos en la que docenas de vacas mugen con cierto desespero. Resulta que les acaban de quitar a sus retoños y los echan de menos. Nos lo cuenta un ganadero local que pasea con su nieto un par de prados más allá de una loma, donde llegamos apenas sin resuello.
Tras despedirnos del pastor nos lanzamos montaña abajo por una senda de vacas en la que volvemos a agradecer el avance de la técnica y el diseño en la fabricación de bicis.
Completamente emboscados y en plena bajada, disfrutamos de un retorcido singletrack que demanda especial atención, pues el canal para las ruedas es verdaderamente estrecho.
La alegría es efímera como la aurora. De pronto, el GPS nos desvía cuesta arriba por una senda trialera que nos iza de repente hasta un nuevo camino. El jadeo es otro cantar cuando se combina con el dolor muscular, la fatiga general y un arrebato de pájara. Los cuádriceps reclaman azúcar, oxígeno, de todo. Apenas restan 700 metros de rampa final. Llevamos 49 km de ruta con 2.100 metros positivos. Son los últimos 100 metros de ascensión. “¿Qué son 100 metros?”.

NIRVANA SOBRE RUEDAS
En el Puig de Sant Joan, a 1.671 metros de altitud, alcanzamos el cénit de la travesía. Es la punta más alta del perfil altimétrico y también de la gráfica de nuestros cardiogramas. El nivel de azúcar en sangre, en cambio, debe de estar en lo más hondo de una fosa abisal. El rumbo está clarísimo, pero antes de empezar a bajar pretendemos hacer una foto, básicamente para recuperar un poco la compostura, aunque finalmente desistimos.
El descenso es, por decirlo llanamente, brutal. Primero hendimos las ruedas en una senda poco marcada que salva enormes rocas a modo de escaleras, pero sin grandes dificultades. Luego saltamos la valla hacia la derecha, tomando un camino rápido y palpitante lleno de cambios de rasante, curvas abiertas, quiebros, grietas... Las nubes nos persiguen, pero parece que vamos a ganarles la carrera. Las bicis están glotonas y nosotros ya no sentimos hambre, sólo felicidad, seguramente porque sabemos que más abajo nos espera una ducha caliente, una cena de cuchara, cuchillo y tenedor, una cama... Los que la deseen, en Camprodón encontrarán toda la juerga que quieran. Nosotros esta noche optamos por quedamos en la habitación, mirando las fotos que hemos hecho hoy. Mientras las revisamos, radiantes de felicidad, repetimos sin cesar: “Hoy ha sido un día perfecto”.
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BI3000
Itinerario: 108 km / 3.572 m+.
Duración: 2 etapas.
Recorrido: la ruta dibuja un ocho, con dos etapas que empiezan y acaban en Camprodón. Temporada: de mayo a noviembre.
Filosofía: ruta autoguiada no competitiva que se sigue con GPS. Todos los inscritos, al terminar, reciben una sudadera exclusiva de la ruta.
Organización: BI3000 se encarga de las reservas hoteleras y ofrece un servicio especial de seguimiento de seguridad y asistencia de emergencia en ruta a todos los inscritos.

+ info: www.bikexperience.cat

BOSQUES DE HAYAS
Etapa 2: 51 km / 1.350 m+

El día empieza como el de ayer, aunque no madrugamos tanto. La etapa es significativamente más corta y menos montañosa. Desde el primer momento notamos las consecuencias de la intensa jornada de ayer. Sentimos el cuerpo como si nos hubiera arrollado una apisonadora, señal inequívoca de que lo pasamos en grande.
Salimos de Camprodón en sentido sur, en dirección a La Colonia d’Estevenell, donde la dulce fragancia que emana de la fábrica de galletas Birba nos despierta definitivamente. El día irradia optimismo: cielo azul impoluto, cálido sol desde primera hora y una cómoda subida por pista asfaltada hacia la sierra Cavallera.
La cuesta termina pronto y desde el Pla d’en Plata admiramos una bella panorámica del alargado valle. Ahora toca bajar. El camino nos suena. Está muy empinado y algo roto. En realidad, mucho más roto que la última vez que lo usamos, no de bajada, sino de subida, hacia el Coll de Pal, en la última etapa de la BI6000. Éste es el único tramo que comparten las dos rutas.
Hoy la velocidad es fácil de conseguir. Esquivamos profundos regueros labrados por las lluvias, cruzamos varios bosques y paramos junto a un encañonado torrente por el que fluye una bella cascada. A partir de ahí, el firme mejora y nos lleva raudos hasta el fondo del valle del río Ter, que cruzamos un poco más al este, por el puente de Perella.
Concluida la primera ascensión y la correspondiente bajada, el track nos lleva ahora hacia la vertiente opuesta por un camino de tierra rojiza rodeado de masías. La ascensión es algo más dura que la anterior –por algo conduce al Coll de l’Home Mort– y nos lleva junto a las aguas de un arroyo. Aquí empieza un sector por bosque lleno de divertidos caminos que suben y bajan de forma encadenada, invitando a ir rápido y alto de pulsaciones. Luego entramos en un hayedo que disfrutamos a un ritmo más pausado. El paisaje lo merece, y el corazón lo agradece.

MONTAÑA RUSA
La última bajada es la más rompedora, con algunos tramos pedregosos que nos llevan al fondo de un recóndito barranco del que sólo salimos apretando los riñones. Empieza aquí una durísima pero extasiante subida que se complica a medida que pasan los kilómetros.
Desde una pista ancha divisamos, en primera instancia, la ermita de Sant Ponç d’Aulina, sobre lo alto de un saliente sitiado por el bosque. El camino se hace senda de pronto y disfrutamos de un sector técnico muy vicioso. Cortados, surcos de un metro de profundidad, raíces entrecruzadas, rocas escalonadas... La bici los sortea y supera contra todo pronóstico. Los pulmones rebufan. La emoción aumenta. ¿Lograremos alcanzar lo alto de la sierra sin echar pie a tierra?
Error de principiante número uno: nunca hay que dudar. La suma de presión + dificultad + fatiga + duda equivale inexorablemente a “pie a tierra”. La duda es traicionera por naturaleza.
Tras una lluvia de apoyos, recuperamos la calma que da saberse torpe, y reiniciamos la marcha con el mismo esmero e ilusión que antes pero con mejores resultados. Tras el esfuerzo, la satisfacción. Ya estamos arriba, engarzando toboganes que se abren paso entre la densa pineda.
En la Collada de Capsacosta tomamos un tramo de calzada romana antes de volver a entrar en una senda que esconde uno de los trechos más sublimes del día. El sendero, suave y sin piedra alguna, caracolea entre los árboles trazando giros peraltados recién salidos de una fábrica de sueños bikers, hasta que desemboca en la vieja carretera, hoy en desuso gracias al túnel que cruza el Capsacosta. Por ella rodamos hasta Sant Pau de Segúries, con el plato grande, comentando el descenso por senda y confesando que las tripas aúllan por un bocata.
A los 3,5 km de asfalto nos comemos unos bocadillos de fuet que entran mejor que el suero en vena. Ni postres ni cafés. Enseguida recuperamos el track, que nos muestra un camino paralelo a la carretera hasta el Puente de la Rovira, donde bajamos hasta el río por un camino medio escondido. Bajo el puente nace una senda estrecha que combina curvas y contracurvas con breves toboganes, divertidos y limpios, hasta el vadeo del río a la altura de Creixenturri, donde nos topamos con el profundo cauce del Ter.
La ruta continúa por camino hacia La Colònia d’Estevenell, que nos vuelve a acoger con su dulce aroma a galleta artesana. Enseguida llegamos a Camprodón, cerrando el doble círculo de la BI3000. Visto sobre el mapa, su trazado dibuja el símbolo del infinito. Ha sido un infinito de sólo dos días, pero compartimos la sensación de que lo vivido sobre la bici estos dos días nos acompañará siempre. «

Texto y fotos: Sergio Fernández Tolosa & Amelia Herrero Becker, para Solo Bici nº 248, enero 2012


EL CAMINO SE HACE SENDA DE PRONTO Y DISFRUTAMOS DE UN SECTOR TÉCNICO MUY VICIOSO. CORTADOS, SURCOS DE UN METRO DE PROFUNDIDAD, RAÍCES ENTRECRUZADAS, ROCAS ESCALONADAS... LA BICI LOS SORTEA Y SUPERA CONTRA TODO PRONÓSTICO.
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