LA OSADÍA DE LA ESPERANZA
Titan Desert en tándem 2008
RESULTABA DIFÍCIL IMAGINAR LO QUE PASABA POR LA MENTE DE JOAQUÍN EN AQUELLOS MOMENTOS. CERRÉ LOS OJOS Y CAMINÉ COMO ÉL, DESCALZO, SOBRE LA FINÍSIMA ARENA DEL ERG CHEBBI. ALLÍ NO HABÍA BARRERAS ARQUITECTÓNICAS DE NINGUNA CLASE. SÓLO MONTAÑAS DE ARENA EN PERFECTO EQUILIBRIO. EN MITAD DEL VENDAVAL, LE PREGUNTÉ QUÉ SENTÍA Y ME RESPONDIÓ CON UN RECONFORTANTE “LIBERTAD, SOBRE TODO LIBERTAD”, Y AÑADIÓ́:
“ESTE PASEO POR LAS DUNAS HACE QUE TODO EL ESFUERZO HAYA MERECIDO LA PENA”.

Capítulo 1 de Vidas sin límite, veinte historias ejemplares del deporte adaptado
La prueba había comenzado cuatro días antes, en Boulmane Dades, una pequeña localidad al este de Ouarzazate, en las puertas del Sáhara. El primer obstáculo físico fue una eterna ascensión hasta el Col du Tizi n’Tazazert, de 2.283 metros de altitud. Camino de la cima, la pista cruzaba pequeñas aldeas. Los niños, muchos de ellos pastores, acudían a nuestro paso para pedir bolígrafos y caramelos. Algunos de ellos montaban vetustas bicicletas sin frenos ni cambios. Pese a ello, nos superaban en plena subida sin aparente dificultad. Ganábamos altura tras cada curva mientras intentábamos dosificar la energía. “Aún queda, pero parece que la pendiente se suaviza un poco más arriba”, le avanzaba a Joaquín entre resoplidos, procurando ser optimista.
Al coronar el puerto apareció un paisaje distinto. Atrás quedaba la espectacular alta montaña de formas redondeadas. Por delante, un vertiginoso descenso nos invitaba a adentrarnos en el vasto desierto. Muelas desgastadas, acantilados rocosos, recónditas gargantas labradas por la erosión... Un paisaje sobrecogedor que describí como pude, sobre la marcha, mientras Joaquín guardaba silencio. Más tarde le pregunté porqué se había mantenido tan callado y me confesó que fue por la emoción. “Estaba llorando, tío. Esto es muy fuerte”. Todo aquello era nuevo para él. Nunca antes había estado en el desierto y no hay mayor poder de sugestión que el de la imaginación aderezada por una enorme dosis de euforia, la de haber ollado la cima, unidas a la incertidumbre por lo que nos deparaba el destino.

EN BUSCA DEL SÁHARA
Pasaban los kilómetros, perdíamos altura y apenas sentía su presencia. En la bajada no había que pedalear. El peso de ambos, que sumado superaba los 165 kilogramos, nos lanzaba pendiente abajo a toda velocidad. Puede que Joaquín tuviese la mente en otra parte, pero su cuerpo iba perfectamente acoplado en la parte trasera del tándem, haciendo gala de una depurada técnica fruto de su etapa en el mundo del bicitrial, en el que compitió hasta poco antes de perder la vista.
Concentrado en cada escalón, piedra y agujero del peligroso descenso, apenas reparé en el grado de confianza incondicional que Joaquín depositaba en mí en todo momento. Era una bajada notablemente técnica, muy rápida y físicamente exigente. Tras cada curva, afloraban profundos acantilados al margen del camino. Un error y nos íbamos de cabeza. Mejor no mirar.
Joaquín sabe lo que es caer. Ha mordido el suelo muchas veces. Pero sobre la bicicleta no tiene miedo. Eso se nota. Más tarde, cuando le pregunté por su fe en mí durante el descenso, me confesaba: “Son muchos años en el tándem y muchos pilotos. Uno nota cuando el piloto sabe lo que hace. Tú eres de fiar. Eres una persona tranquila, se te nota al hablar”.
Tras varias horas pedaleando por un oued –lecho seco de un río–, alcanzamos un palmeral. Tras la celebrada sombra, una nueva ascensión nos llevó al campamento, donde los primeros clasificados descansaban desde hacía varias horas. Al cruzar la línea de meta, Melcior Mauri, vencedor de la Vuelta a España de 1991 y ganador de la Titan Desert 2007, se acercó hasta Joaquín para felicitarle. “Eres mi héroe”, le dijo. Minutos después varios periodistas nos cosían a preguntas y muchos otros participantes se cuestionaban cómo nos habíamos desenvuelto en el descenso. Los tándems tienen fama de poco manejables, pero el nuestro llevaba doble sistema de amortiguación y los frenos de disco tenían casi el diámetro de los de una motocicleta.
AL CRUZAR LA PRIMERA LÍNEA DE META, MELCIOR MAURI, VENCEDOR DE LA VUELTA A ESPAÑA DE 1991 Y GANADOR DE LA TITAN DESERT 2007, SE ACERCÓ HASTA JOAQUÍN PARA FELICITARLE. “ERES MI HÉROE”, LE DIJO.

Foto: Paco Comuñas
LA HORA DE LA VERDAD
En la segunda etapa pedaleamos desde N’Kob hasta la localidad de Tazzarine dando un enorme rodeo alrededor del Jbel Rhart, una sierra alargada que discurre hacia el sur, indicando el camino a la frontera argelina. Con la serenidad que requiere el desierto, pedaleamos otros 80 kilómetros sin apenas sombras en las que guarecerse y con un calor infernal. Fue un día largo. Por la mañana la organización había decidido retrasar la salida, lo que impidió aprovechar las horas de menos calor para avanzar unos preciosos kilómetros. En un ambiente asfixiante saturado de calima y rodeados de espejismos, a mediodía encarábamos la última parte de la etapa, atravesando infinitos plateaux –mesetas–. Pese a las extremas condiciones, todo parecía ir bien. Llevábamos un buen ritmo, bebíamos frecuentemente y habíamos acordado no forzar la máquina. Si queríamos aguantar tres días más, había que dosificar energías en todo momento. Debíamos adaptarnos, llegar a meta como fuese, y recuperarnos del esfuerzo tras cada jornada.
Durante la etapa aplicábamos la misma filosofía. Acordamos pedalear de sombra en sombra, al ritmo que nos dictase el cuerpo. Sin prisas. Sin malgastar ni un ápice de energía. Había que concentrarse en la orientación. Un error con el mapa y la brújula suponía kilómetros extra que no podíamos permitirnos. Cerca de mediodía, al llegar a un pequeño oasis, el reducido pelotón en el que viajábamos se dividió. Unos cuantos ciclistas decidieron ir a la derecha. Otros se inclinaron por seguir recto. “El GPS indica hacia allí”, gritó uno de ellos convencido. Nos asaltaron las dudas. Entonces noté que la insolación me estaba afectando. Mi cerebro funcionaba extraordinariamente lento. Tomar una decisión me resultaba casi imposible, así que decidimos parar en una sombra y descansar. Como íbamos sin GPS nos costaba más tiempo reorientarnos, pero preferíamos perder unos minutos a la sombra buscando el rumbo correcto que pasar varias horas descaminados, y más aún con el sol que estaba cayendo.
“¡Qué peste a cabra!”, soltó Joaquín mientras callejeábamos entre casas de adobe. “¿Te he contado que yo fui cabrero de chico, Sergio? Menudas palizas de andar me metí yo de crío...”. En la pequeña aldea en la que nos encontrábamos reinaba un silencio absoluto, pero a los pocos minutos surgió de la nada un grupo de chiquillos. “Aquí huele a higuera”, indicó Joaquín, que solía mantenerse al margen de mis titubeos con los mapas. Algo contrariado le contesté que no la veía. Tenía cosas más importantes en la cabeza en ese momento. Preguntamos a los niños en francés si habían visto a un gran grupo de ciclistas. Asintieron a coro y señalaron una callejuela. Entre adioses de los chavales echamos a pedalear en la dirección indicada y al doblar la esquina, allí estaba: la higuera. Y a sus pies, las roderas de un centenar de bicicletas. Enfilábamos de nuevo el camino correcto.

EL GRAN GOLPE
Llevábamos horas imaginando la línea de meta. La deseábamos en silencio, sin nombrarla. Hablábamos de otras cosas, pero casi siempre con monosílabos, ahorrando saliva, procurando ser optimistas. Incluso bromeamos sobre la pájara que llevaba otro participante al que encontramos en mitad de la hamada –zona pedregosa– empujando la bicicleta, totalmente exhausto. Le dimos un gel de glucosa y una barrita energética, pero ni siquiera así reaccionó. Al poco llegó un coche escoba y le recogió. Un incontenible halo de embriaguez y euforia brotó desde lo más profundo de nuestro ego.
Ante la debilidad de otros, nos alegraba comprobar que nosotros todavía aguantábamos. Cualquier idea parecía legítima con tal de evitar pensar en lo que faltaba para completar la etapa. Sin embargo, poco más allá, a unos 15 kilómetros de meta, Joaquín rompió el silencio y me pidió que buscase una sombra. “Aquí no hay sombras, Joaquín. No veo un árbol en kilómetros. No hay nada de aquí al horizonte”, le expliqué forzando los ojos.
Media hora más tarde alcanzamos una frágil acacia de sombra inconsistente, pero ya era demasiado tarde. El hombre del mazo había golpeado a Joaquín, que al bajarse de la bicicleta perdió el equilibrio y casi el conocimiento. Tuvimos suerte de estar cerca de meta porque el equipo médico de la carrera pudo socorrernos en pocos minutos. Le llevaron en un todoterreno hasta la enfermería, donde le suministraron tres bolsas de suero intravenoso. Estaba deshidratado. Sus constantes eran normales, pero tenía todos los síntomas de un agotamiento extremo.
Al día siguiente, los médicos nos recomendaron descansar. Joaquín había pasado la noche entre mareos. Durante la cena le dio otro bajón. Mientras el primer clasificado de la general se cubría con el maillot de líder, Joaquín perdía de nuevo el conocimiento. Lo llevaron por segunda vez a la enfermería, donde le administraron tres nuevas dosis de suero. Sus constantes seguían normales, pero el calor y el sobreesfuerzo le estaban pasando factura. Sus niveles electrolíticos debían de ser considerablemente bajos porque ni seis bolsas de suero ni unas cuantas dosis de glucosa fueron capaces de reponerle por completo. Pasamos varias horas en la enfermería. Yo hablaba con los médicos. Mucha gente se asomó por la ventana para preguntar por su estado. “Mejor, mejor”, decía yo. De vez en cuando, se despertaba y gritaba asustado: “Sergio, ¿estás ahí?”.

REDEFINICIÓN DE OBJETIVOS
Pasamos el tercer día descansando en el hotel. No estábamos solos. Otros veintitantos ciclistas también habían abandonado. La mayoría por lo mismo: deshidratación, calambres, agotamiento, diarrea... Reconocimos algunas caras, como la del hombre alto que encontramos en mitad de la nada empujando la bicicleta. Ahora estaba tendido en una hamaca, a la sombra, frente a la piscina. Los que seguían en carrera habían partido a las 7 de la mañana.
Era el gran día. La etapa reina de la Titan Desert tiene 130 kilómetros y difiere del resto en que no hay un cómodo alojamiento esperando tras la línea de meta. Tampoco hay mecánicos ni fisioterapeutas. Ni siquiera duchas. Cada ciclista debe acarrear durante todo el recorrido con sus herramientas y recambios, su saco de dormir y la ropa para cambiarse, si es que decide mudarse de vestuario, cosa que pocos hacen. Es la temida (y anhelada) etapa maratón. El verdadero reto, uno de los motivos por los que todos estábamos allí: para ver si éramos capaces de afrontarla y completarla.
Como ya no participábamos en la carrera, permanecimos en el campamento durante dos jornadas, en las que Joaquín todavía sufrió algunos mareos y yo caí enfermo por comer algo en mal estado. Al terminar la etapa maratón ya había 80 ciclistas eliminados, nada menos que el 40 por ciento de los inscritos. Por primera vez en su corta historia, la Titan Desert empezaba a tener un verdadero carácter extremo. En las ediciones anteriores apenas se habían registrado abandonos, pero la del 2008 estaba siendo la más dura de todas las celebradas hasta la fecha. El kilometraje había aumentado un 30 por ciento respecto a los años precedentes y el calor sorprendió a todos, incluso a la organización, con una media entre 10 y 15 grados centígrados superior a la del año anterior en las mismas fechas.
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CARA A CARA:
JOAQUÍN SÁNCHEZ GÓMEZ

“Nací el 24 de abril de 1971 en la Línea de la Concepción (Cádiz). Soy el menor de diez hermanos. Antes de perder la vista practicaba bicitrial. Mi hijo de 12 años, que se llama Joaquín, como yo, ya compite en ciclismo de montaña. Yo sueño con volver algún día a la Titan Desert”.

¿Cómo imaginabas el desierto antes de viajar a Marruecos?
Un lugar con mucha arena, inmenso, infinito... Sin barreras, ni farolas, ni papeleras, en el que puedes caminar sin chocar con nada.
¿Y ahora? Es un lugar mágico. Tienes que venir para saberlo, porque yo nunca me lo imaginé así. Tanta libertad... Cuando me describían el paisaje, se me saltaban las lágrimas de emoción.
¿Qué es para ti la victoria? Dar un paso hacia delante. He venido a la Titan Desert sin saber muy bien lo que ocurriría. Un poco a lo loco. Yo soy así de impulsivo. No ha salido bien, pero se aprende más de los fracasos que de los éxitos. Si me hubiese quedado en casa, las ganas de intentarlo habrían estado siempre ahí.
¿Y la derrota? La verdadera derrota es la depresión. Cuando murió mi madre, en paz descanse, me sentí perdido. Lo peor es sentir que tu vida carece de sentido. Todo lo demás es relativo.

+ info: VIDAS SIN LÍMITE


Foto: Paco Comuñas
EL PRECIO DE LA VICTORIA
Mientras tanto, en la cabeza de carrera varios exprofesionales del ciclismo se disputaban la clasificación general y las etapas con un grupo selecto de ciclistas aficionados en excelente forma física. Iban todo el día con el plato grande y el piñón pequeño, volando sobre las piedras, tumbados sobre el manillar, apretando dientes y riñones desde el primer al último kilómetro, empeñados en llegar antes que el resto. En una prueba así queda muy claro cuál es el objetivo de cada uno.
Para los demás, que son mayoría, ganar no tiene nada que ver con subir al podio. Es algo más. Quizás por eso el premio para el primer clasificado de la Titan Desert no puede ser más simbólico: la victoria se convierte en la única recompensa. No hay primas económicas ni talones para nadie. Únicamente se ofrece la inscripción gratuita para participar el año siguiente con el dorsal número uno. Aunque todos los que estábamos en carrera habíamos tenido que pagar más de 1.500 euros en concepto de derechos de inscripción, muchos se preguntan con ironía si ese acceso gratuito para repetir en la Titan Desert es una recompensa o, por el contrario, supone una especie de condena.
Roberto Heras, Melcior Mauri, Laurent Jalabert, Claudio Ciapucci y otros tantos superatletas llegaban todos los días a meta horas antes que nosotros. Pero, a partir de ese momento, todos éramos iguales. Al poner el pie en el suelo y bajar de la bici, empezaba la fase de recuperación. Había que comer, descargar la musculatura de las piernas y rehidratar el cuerpo. Estiramientos, agua, sales minerales, automasaje (los que no tienen presupuesto para fisioterapeuta), más estiramientos, una cabezadita tranquila antes de ir a cenar... Además, había que revisar la bicicleta y engrasar la cadena, para que el vehículo estuviese a punto el día siguiente.
Todos los participantes dormían en jaimas compartidas. Casualmente, en la nuestra descansaba el líder de la prueba, Roberto Heras, acompañado de su hermano Miguel Ángel, otro fuera de serie sobre la bicicleta. Tras la etapa maratón, la víspera del útimo día de competición, comentaban lo complicada que estaba resultando la carrera. “Ayer fue tan duro como una etapa de los Alpes del Tour de Francia”, musitó el campeón de la Vuelta a España del 2004 al despertar de una larga siesta en la jaima. A Joaquín no se le escapó el detalle. Nada más salir de la tienda, camino de las dunas, me dijo al oído: “Qué tío tan grande, Heras”.

DE NUEVO EN LAS DUNAS
En el erg –un mar de dunas–, la tormenta empujaba la arena por la ladera de la duna y la lanzaba con fuerza desde la cresta dibujando una larga onda hasta la siguiente elevación. Ese movimiento encadenado fue lo primero que vi al abrir los ojos, tras caminar a ciegas durante unos minutos por aquel enorme campo de dunas, recordando los últimos días en el Sáhara. La voz de Joaquín sonó cercana, pidiéndome que regresásemos al campamento. “Estoy cansado, tío, aún no estoy muy fino”, me comentaba desalentado.
Al día siguiente tenía lugar la última etapa de la prueba. Joaquín fantaseaba con la posibilidad de entrar en meta pedaleando y, para su alegría, la organización y los médicos accedieron a que cubriese en bicicleta los últimos 5 kilómetros de la carrera. Bajo la pancarta de llegada, más de 200 personas le esperaban para dedicarle una emotiva ovación, repetida más tarde durante la entrega de premios. Fue un gran cierre para las largas jornadas en las que habíamos compartido un mismo deseo con otros 222 ciclistas que, como nosotros, querían completar la Titan Desert. También con todos los que sueñan y trabajan por un mundo sin barreras. Y aunque volvería a casa sin el diploma que acredita como finisher, tenía la firme sensación de que ya había cruzado mi verdadera meta unas horas antes, cuando veía a Joaquín correr libre por las bellas dunas de Merzouga, a merced del capricho del destino y de sus castigadas piernas. «

Texto: Sergio Fernández Tolosa, A ciegas en el Sáhara, capítulo 1 de Vidas sin límite, Saga Editorial.


BAJO LA PANCARTA DE LLEGADA, MÁS DE 200 PERSONAS LE ESPERABAN PARA DEDICARLE UNA EMOTIVA OVACIÓN, REPETIDA MÁS TARDE DURANTE LA ENTREGA DE PREMIOS.
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