CAMINO AL CIELO
Ruta de l'Ermità
A CABALLO DE LAS SIERRAS DE MOIXERÓ, CATLLARÀS Y MONTGRONY, LA RUTA DE L'ERMITÀ PERMITE RECORRER A PIE, A CABALLO O EN MOUNTAIN BIKE LOS CAMINOS QUE COMUNICABAN A TRAVÉS DE LAS MONTAÑAS LOS ANTIGUOS CONDADOS MEDIEVALES DE BERGA, URGELL Y RIPOLL. HOY, SON UNA INVITACIÓN PARA ADENTRARSE EN SUS BOSQUES, ESCUCHAR SU SILENCIO Y ALCANZAR SUS MÁS ALTAS CUMBRES, EN BUSCA DEL ANSIADO CIELO.
Silencio, soledad, sencillez... Es el viaje vital del ermitaño, un ser de fe atraído por la existencia austera al margen de los demás que, abducido por la necesidad de un aislamiento voluntario, se encomienda, básicamente, a la oración. El asceta va un paso más allá, autoimponiéndose una orden de alejamiento físico y mental de todo lo profano, sacrílego y mundano, diseñando una existencia colmada de privaciones que ha de conducirle a la pureza más absoluta y a la salvación. Personalmente, aunque siento una cierta atracción por su ruta de paz, prefiero encomendarme a una mística distinta. Me conformo con ir de vez en cuando a la montaña, pedalear durante horas en catártica letanía, respirar aire puro las 24 horas del día y entrar, tras interminables sesiones de esforzada comunión con el medio, en una especie de éxtasis. Éste es mi vía crucis particular.

ERMITAÑOS DEL SIGLO XXI
Rodar en mountain bike por caminos solitarios durante varios días, superando collados a través de umbríos bosques, descubriendo valles bañados por ríos de aguas transparentes, visitando ermitas encaramadas sobre espolones rocosos, alcanzando las más altas cumbres, donde el aire es ligero... Es la esencia de la Ruta de l’Ermità, una propuesta de aventura biker de 170 km y 6.000 metros de desnivel positivo acumulado que se puede dividir en varias jornadas.
La Ruta de l’Ermità fue presentada en 2008, y por ella pasan “oficialmente” cada temporada 800 excursionistas. La tercera parte de éstos van en mountain bike. El resto son, en su mayoría, senderistas, que tienen su propio recorrido, ligeramente más corto que el destinado a las bicicletas. Los demás son aficionados a las rutas ecuestres, que disponen también de un trazado diferente más adecuado a los caballos. Todos se reencuentran al final de las etapas, en los refugios adscritos a la ruta, para comentar la jugada tras la cena, alrededor de una lumbre chisporroteante.
Desde su creación, la Ruta de l’Ermità ha cambiado ligeramente su itinerario. Comparando el track actual con el mapa original, se aprecian cambios que la hacen, si cabe, más atractiva a los ciclistas. Han desaparecido los tramos más toscos y poco ciclables, un bucle que se hacía por pista ahora enlaza por un agradable camino recuperado a un ferrocarril abandonado y se han restado tramos de asfalto. Sin embargo, la novedad más espectacular es la inclusión en el itinerario de un nuevo refugio, el Niu de l’Àliga, situado en lo más alto de la Tosa (2.537 metros), un pico de formas redondeadas al que se puede llegar pedaleando y desde el que es fácil sentirse en el techo del universo.

EL CAMINO DEL SILENCIO
Día 1: El Molí de Serradell - Refugio Ardericó
35 km / 1.429 m+
Con tan gratas expectativas, tomo un tren con destino al Pirineo que nos deja a mí, mi mochila y mi Scott Spark 30 en Campdevànol, un tranquilo pueblo situado a sólo 5 km de El Molí de Serradell, uno de los puntos posibles para iniciar la Ruta de l’Ermità. Hasta aquí llego pedaleando por una estrecha carretera de montaña, de ésas de antaño, tan bucólicas. El sol inunda el valle, que resplandece verde a ambos lados del asfalto y la temperatura aumenta por momentos.
Una vez en el camping El Molí de Serradell, pongo el GPS en marcha. Es hora de entrar en materia, empezar a pedalear sobre tierra, chapotear sobre el agua de los arroyos, esquivar piedras, salvar escalones y raíces... Empieza a hacer calor, pero el camino se interna rápidamente en el tupido bosque, del que no saldré en horas, más bien en un par de días. Para orientarme he traído el mapa, que combino con el GPS mientras me familiarizo con la señalización de la ruta, consistente en marcas de pintura roja, placas de madera también rojas y letreros identificativos visibles en todos los cruces.
Los primeros compases son exigentes. Enseguida comprendo que el plato grande sólo lo usaré durante las cenas, en los refugios. El resto del día lucharé con el molinillo y, en algún tramo menos pendiente, con el mediano, pero la ruta no ofrece respiro alguno, siempre arriba y abajo.
Tras cruzar un par de riachuelos con diferente suerte llevo un pie chorreando y el corazón me palpita a la altura de las amígdalas. Son rampas breves, pero encadenadas resultan agotadoras, a la vez que retan al sentido del equilibrio.
En poco menos de una hora alcanzo el Coll de Merolla (1.100 metros), donde asoma una casa de payés transformada en refugio. Allí están Toti y Mat, los guardas de la casa, que me preparan un bocata de fuet que me da fuerzas para afrontar las siguientes rampas, que trepan severas hacia el Coll de Fajaneral, ya a 1.367 metros de altura. A media cuesta, sorteando piedras y raíces a golpe de molinete, un arbusto que gruñe interrumpe mi esforzado ritual. No hay duda: es un jabalí en plena evasión. Bueno, no, es algo peor. Es una jabalina en un amago de evasión. Lo intuyo en cuanto tres jabatillos cruzan el camino emitiendo agudos alaridos. Por un momento se me congela la cara. Dejo incluso de respirar. Aprieto los riñones, sigo sin parar, a mis estériles 5 km/h y a 175 pulsaciones por minuto. Esto es anaerobia pura. Ahora el que huye soy yo. Ni miro hacia atrás. Es un demarraje a ciegas, desesperado. Sólo deseo que la madre de los pequeños esté ya lejos.
A MEDIA CUESTA, SORTEANDO PIEDRAS Y RAÍCES A GOLPE DE MOLINETE, UN ARBUSTO QUE GRUÑE INTERRUMPE MI ESFORZADO RITUAL.
NO HAY DUDA: ES UN JABALÍ EN PLENA EVASIÓN.
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RUTA DE L'ERMITÀ
Itinerario: 170 km / 6.000 m+.
Duración: 3, 4 o 5 etapas.
Temporada: del 1 de mayo al 30 de octubre.
Filosofía: ruta autoguiada no competitiva que se sigue con el track para GPS que facilita la organización (disponible en su página web).
Organización: Ruta de l'Ermità se encarga de las reservas en los alojamientos adscritos a la ruta y ofrece un servicio opcional de transporte de equipajes.

+ info: www.rutaermita.com

EL REINO DE LOS CIERVOS
Tras recuperar el resuello, el collado me regala una agradable travesía por un singletrack que serpentea por un prado de apariencia alpina. A lo lejos, capas y más capas de lejanas montañas se suceden sobre el horizonte, cada vez más azuladas. De repente, me siento lejos de todo. Es un mundo nuevo, cercano, pero desconocido y sorprendente. Hace apenas unas horas esquivaba coches en las calles de la gran ciudad. Ahora, la calma la rompe otro ruido extraño y seco procedente del interior del bosque: una rama rota, unos pasos atropellados, una silueta parda brincando ágil entre la maleza... Detengo la bici en el mínimo espacio posible y observo al ser que me ha sobresaltado, que escapa aún más aterrado que yo. Es una cierva saltando montaña abajo. Me lo ha avanzado Toti hace un rato: “Verás ciervos. Hay muchos”. Yo, algo incrédulo, he pensado que era un farol. Sin embargo, no será el único cérvido que se cruce en mi camino esta tarde. Yo todavía no lo sé, así que vibro de felicidad por la suerte del encuentro. Me siento el tipo más afortunado de la Tierra.
Al sur del peralte me espera un audaz descenso hasta Sant Jaume de Frontanyà, donde me alegro de encontrar una fuente de agua fresca, además de una bella iglesia románica. El lugar, que en su día albergó una comunidad de monjes agustinianos, es hoy una postal viviente.
Nada más salir del pueblo, una nueva cuesta me encarama por el interior de un bosque hacia la sierra de Fatjabranca. A media ascensión, el bosque vuelve a sonar y pocos metros más allá, en un claro, corretean cuatro rebecos. Tras el collado, la pendiente se dispara, pues el track enlaza por una senda labrada sobre la mismísima cresta de la sierra. Durante un par de kilómetros hay que emplearse a fondo, pero el premio llega pronto en forma de onírico pasillo que serpentea por un silencioso hayedo. El descenso me lleva directamente al refugio de Ardericó, donde me espera Kun, el guarda, que trabaja sin descanso en la restauración de la masía, que data del siglo XVII.

LABERINTO DE BUCLES
Día 2: Refugio Ardericó - Refugio Erols
38 km / 1.417 m+

Amanece un día radiante. Los muros de la casa reflejan la fuerza del sol bajo un cielo azul impecable. Tras un digno desayuno y despedirme de Kun, parto temprano por un camino ascendente hacia la Roca de la Lluna.
El bosque emana música. El canto de pajarillos invisibles me acompaña hasta un prado del que despegan dos parejas de cuervos negros. Justo enfrente mana un generoso chorro de agua helada. En el Coll de Sebo me topo con el primer muro de los que invitan a echar el pie a tierra. Es la primera tentación para tomar un atajo bien fácil de imaginar cuando tienes el mapa delante, pero... ¡qué diantres, benditos bucles!
La opción dura me lleva hasta la Roca del Catllaràs, entre las impresionantes cúspides calcáreas de la sierra, antes de acometer el descenso hacia Sant Julià de Cerdanyola. El trayecto, del todo recomendable, lo ameniza la siempre espectacular visión del inconfundible macizo del Pedraforca.
Después de retomar fuerzas asumo que hay que volver a ganar altura. Lo peor es que el sol ya cae a plomo. En la charcutería del pueblo me han dicho que el hombre del tiempo ha augurado por la radio que hoy será el día más caluroso de la primavera. De ello me convenzo nada más iniciar la subida al Coll de Jou, donde el camino es lo más parecido a un horno solar. Por suerte, cinco minutos después, el bosque refrigera con su sombra el camino, que prosigue hacia el Santuario de Falgars, donde descubro la silueta del Puigllançada (2.408 metros), una mole de tierra y piedras cuya cumbre mañana veré muy de cerca.
De momento toca bajar hasta La Pobla de Lillet, donde las truchas cazan moscas bajo un puente de piedra del siglo XIV. Por un momento me pregunto de qué río se trata. Aunque parezca imposible, es el mismísimo Llobregat.
A partir de aquí, el track me conduce por un senda trialera que se abre paso por el bosque hasta la antigua fábrica de cemento Asland, hoy convertida en museo. Éste es un sector nuevo que varía respecto a la versión original de la ruta, que iba por la carretera. Ahora sólo queda apretar los riñones en la última subida del día, hasta el refugio de Erols. Al llegar, el cuentakilómetros marca 44 km y el altímetro indica 1.550 metros de ascensión acumulada. Casi nada.
AIRE LIGERO
Día 3: Refugio Erols - Refugio Niu de l'Àliga
47 km / 2.279 m+
En Erols paso una agradable velada con Mario y Òscar, los guardas, que viven aquí todo el año, sin televisión –ni ganas de tenerla– y siempre con algo que hacer. Me cuentan que los perros del refu están enamorados y llevan un par de noches de luna de miel. Luego rememoran las abundantes nevadas del pasado invierno, los paseos que se dan por aquí arriba con las tablas de snowboard, la prueba del Pernil Vertical –a ver quién sube y baja más rápido al Puigllançada y se gana una paletilla– y, sobre todo, me contagian su buen karma.
A la mañana siguiente, con el estómago lleno de energía, recupero la ascensión hasta el Coll Roig, donde unas caprichosas formaciones de arenisca roja contrastan con el verde de los pinos y los pastizales propios de estas altitudes. El descenso es veloz y lo encaro feliz, aunque sé que todo lo que baje ahora lo tendré que volver a subir a partir de Guardiola de Berguedà, donde la ruta toma la recientemente inaugurada Vía Verde del Nicolau, un viejo ferrocarril, hasta más allá de Bagà, donde empieza la subida reina de la Ruta de l’Ermità.
Es mediodía y estoy a 785 metros sobre el nivel del mar, sentado plácidamente en un banco de piedra, escuchando la interesante conversación de los mayores del pueblo, que se han vestido de domingo para ir a un ágape organizado por el ayuntamiento que debe de empezar en breve. A mí me esperan dentro de unas horas en el refugio Niu de l’Àliga, a 2.513 metros sobre el nivel del mar. Las matemáticas no engañan: para ganarme la cena, hoy voy a tener que “comerme”, como mínimo, otros 1.728 metros de desnivel.

ASCENSIÓN REINA (O EMPERATRIZ)
De aperitivo me sirven 6 km de carretera local con rampas del 10 %, de ésas que te provocan escozor de ojos, molestia menor que no me impide divisar otro ciervo escurridizo entre la espesura. Luego llegan los entremeses: una pista que reclama plato pequeño ipso facto. Un, dos, un, dos... Y así hasta arriba, pues aunque el camino está en buen estado en su mayor parte, tiene pocos descansillos, por lo que me los tomo yo con la excusa de sacar alguna foto para el reportaje, como la de la cuesta del Roc del Moro, ya cerca de la collada de la Bòfia, rondando los dos mil metros de altitud. También paro para rellenar el bidón en todas las fuentes habidas y por haber, y me desvío hasta el refugio de Rebost para pedir agua.
El último tramo hasta el Coll de Pal (2.104 metros) se hace por la carretera, pues el sendero antiguo es poco ciclable. Desde lo alto empieza un suave descenso entre pastizales en los que silban las marmotas y campan a sus anchas caballos de lomo brillante. El altímetro marca un nuevo descenso hasta los 1.950 metros, cuando entro por fin en los dominios del bike park de La Molina. Ahora, cuando el empacho es ya una realidad, llega el plato fuerte: remontar sin forfait el desnivel hasta la cima más alta, más allá incluso de donde llega el telecabina Alp 2500. Es aquí cuando sufro una gran crisis de identidad –o una indigestión– y me cuestiono si no será mejor idea bajar hasta La Molina, pagar el ticket del telecabina y presentarme en lo más alto sin dar un latido de más.
Al final me puede la curiosidad. ¿Seré capaz de subir la pared que tengo por delante? El mapa no miente: casi 600 metros de desnivel en unas pocas curvas.
El GPS me va dando las claves de mi creciente impotencia: 18 %, 24 %, 26 %, 28 %... Y el viento empieza a soplar helado y en contra. Es imposible. Me bajo y empujo. Al llegar al final del cable del remontador me siento desfondado, blando, vacío. No es una pájara. Es una especie de estado gripal. Mi cuerpo dice “qué más da” y empiezo un duatlón de montaña en toda regla. Me pongo el chubasquero, sigo empujando, y ya cerca de la cumbre, busco con la mirada otras cimas. Al otro lado de La Cerdanya, el Puigmal permanece oculto tras una maraña de nubes oscuras. Ahora sí que me alegro de estar aquí y no allí. En el refugio me esperan Laia, Cel y Pepo, con la cena preparada, una ducha de agua caliente y un hogar cálido y crepitante.

DESCENSO AL MUNDO DE LOS VIVOS
Día 4: Refugio Niu de l'Àliga - Albergue La Closa
30 km / 400 m+
La luz anaranjada del amanecer dura poco. Un nubarrón de tormenta lo cubre todo en apenas unos minutos. Así de impredecible es el tiempo aquí arriba. Durante dos horas, densas columnas de agua azotan las ventanas del refugio mientras los relámpagos centellean entre cortinas grises que se desplazan hacia el este. Desde dentro, junto a la chimenea, uno observa el espectáculo como algo irreal, se cree a salvo y en el paraíso. Cuando la nube pasa de largo, me abrigo y encaro la cuesta, pero esta vez hacia abajo. En menos de 10 minutos pierdo más de 600 metros de altura.
En la pista verde me cruzo con los primeros usuarios del bike park, ataviados con las protecciones y el casco integral. No sé qué pensarán del pringao de la mochila antes de desviarse por el sendero azul. Yo sigo por la empinada pista hasta La Molina, donde la ruta se desvía hacia el Coll de la Creueta, por un tramo de asfalto, hasta la antigua pista militar, por la que se desciende hasta Castellar de n’Hug. Es la etapa más corta hasta el momento, y creo que se podría juntar con la siguiente. Las nubes, sin embargo, invitan a parar y dejar que la lluvia riegue los campos durante la tarde.

VUELTA A LOS ORÍGENES
Día 5: Albergue La Closa - El Molí de Serradell
20 km / 475 m+

El quinto día me despido de Eduard y de su hermano Sergi, responsables del albergue La Closa. “¡Ánimo, que ya lo tienes!”, me felicitan. Lo cierto es que la de hoy parece una etapa fácil.
Las nubes han quedado atrás cuando enfilo la salida del pueblo, esquivando vacas y vaqueros. El día empieza en subida, pero pronto desemboca en un sube y baja técnico que pone a prueba mis reflejos. La lluvia ha dejado la hierba y las piedras húmedas y la bicicleta no se agarra como ayer. Así llego a Mare de Déu de Montgrony, un minimalista pero hermoso santuario construido bajo un risco desplomado. A partir de aquí, la ruta toma una trocha retorcida y escarpada que deambula hasta el Coll de Pardinella, donde hay que prestar atención, pues la vegetación ha ocultado casi por completo la senda, que discurre hasta una trialera verdaderamente espectacular. Se trata de una gran laja escalonada de roca pulcra y adherente que lleva hasta un nuevo sendero. Es un tramo breve pero intenso, como un sorbo de aguardiente, que te dilata los ojos y la sonrisa, aunque ésta dura poco, pues el camino al collado de Grats te devuelve a tu sitio. De sopetón, sin previo aviso, el camino se estrecha y sube inclemente sobre un manto de hierba que se pega a los neumáticos. Un poco más y llego, pero no. Al bajar de la bici, miro alrededor, embelesado y jadeante. Es un bosque hermoso. Antes de coronar e iniciar el descenso final hasta Molí de Serradell, tendré que tirar de la bici hasta arriba por una rampa resbaladiza y despiadada. Sin embargo, es un lugar extraordinario y un momento sublime. Gracias, mountain bike. Otra vez. «

Texto y fotos: Sergio Fernández Tolosa, para Solo Bici nº 230, julio 2010


UNA GRAN LAJA ESCALONADA DE ROCA PULCRA Y ADHERENTE ME LLEVA HASTA UN NUEVO SENDERO.
ES UN TRAMO BREVE PERO INTENSO,
COMO UN SORBO DE AGUARDIENTE QUE TE DILATA LOS OJOS Y LA SONRISA.
OTROS REPORTAJES DE CONUNPARDERUEDAS...