CAMINOS DE CAPA BLANCA
Camins d'en Capablanca
FRÍO, ESCARCHA, VENTISCA, CARÁMBANOS... HAY QUIEN SIEMPRE ENCONTRARÁ EXCUSAS PARA NO SALIR EN BICI CUANDO EL FRÍO APRIETA, PERO ABRIGO Y GANAS BASTAN PARA SEGUIR DISFRUTANDO DEL MOUNTAIN BIKE INCLUSO EN EL CRUDO INVIERNO. PRUEBA DE ELLO ES EL FIN DE SEMANA QUE PASAMOS EN LA CAPABLANCA, UNA RUTA DE DOS DÍAS QUE SE PUEDE HACER TODO EL AÑO. SUS 140 KM DE CAMINOS NOS LLEVARON POR VEREDAS HISTÓRICAS SEMBRADAS DE LEYENDAS, VIAJANDO A TRAVÉS DE UN LABERINTO DE RISCOS,
CAÑONES Y ENCINARES SILENCIOSOS.
Un manto helado de hojarasca blanquecina crepita bajo los neumáticos. El otoño está casi olvidado, y el despiadado General Invierno ha ordenado desplegar todo su arsenal meteorológico. ¿¡Tenía que ser precisamente hoy!? No importa que aún falten tres semanas para el festival del Sol Invicto. Hace apenas un mes, el mismo bosque lucía denso y multicolor, como una masa desmedida de matorral impenetrable. Hoy el encinar ya pardea, y en la umbría resuella aletargado entre bancos de niebla y pozas de agua helada, conformando un escenario mágico.

AVENTURA AL LADO DE CASA
Es sábado por la mañana, muy temprano. Nuestras bicis y nuestros cuerpos comparten vagón con un variopinto elenco de seres nocturnos y modernos que regresan de una noche sin pegar ojo. Durante el breve viaje, nuestros pensamientos fluyen fuera del tren, donde el termómetro marca una temperatura un tanto ambigua: cero grados. “Ni frío ni calor”, dirían algunos. El trayecto apenas dura 30 minutos. “Ding dong ding... Próxima estación... Sant Quirze del Vallès”, nuestra parada.
Desembarcamos y en el andén nos espera Benjamín Gil, que al vernos da saltos, pero no de alegría, sino de frío. “Habéis escogido el fin de semana más crudo del año para hacer la ruta...”, se lamenta mientras deposita nuestros equipajes en la furgoneta de Republik Bikes. En el km 0, el termómetro del cuentakilómetros marca -2ºC. “Esto ya empieza a ser frío”, bromeo para mis adentros. “Si necesitáis algo, me llamáis”, nos recuerda Benjamín mientras damos la primera pedalada. “Quizá un caldito en un termo...”, mascullamos entre dientes.
Por delante tenemos 140 km de ruta repartidos en dos jornadas por un vasto territorio que en parte conocemos de otras salidas ciclistas, pues nos queda al lado de casa, pero que nunca deja de atraernos. Son caminos cercanos que te apartan del cemento, el ruido y los malos humos, llevándote en pocos kilómetros a lugares sorprendentemente remotos. Tan pronto estás en lo alto de un mirador impresionante como en lo más profundo de una oscura garganta labrada por un río de aguas impolutas. Al sur se alza el aserrado macizo de Montserrat. Al norte, un centenar de muelas y agujas de tonos rojizos rodeadas de canales tapizados por densos encinares dibujan la inconfundible estampa del parque natural de Sant Llorenç del Munt i l’Obac.
A PARTIR DE AQUÍ, EL PANORAMA LLEVA COSIDA LA ETIQUETA DE "100% NATURAL".
NI UNA AUTOPISTA MÁS. NI UNA CARRETERA MÁS. NI UN TREN MÁS. NI VIADUCTOS INMENSOS. NI TÚNELES. NI GASOLINERAS. SÓLO CAMINOS Y BOSQUES.
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CAMINS D'EN CAPABLANCA
Itinerario: 140 km / 3.300 m+.
Duración: 2 etapas.
Temporada: todo el año.
Filosofía: recorrido autoguiado no competitivo que se sigue con GPS. Al final, los finishers reciben un maillot exclusivo.
Organización: Camins d'en Capablanca es una iniciativa de Republik Bikes Shop, que se encarga de las reservas hoteleras y ofrece un servicio opcional de transporte de equipajes.

+ info: www.republikshop.com

VIEJOS CAMINOS
Día 1: Sant Quirze del Vallès - Navarcles
67 km / 1.700 m+

El track del GPS nos conduce rápidamente hacia Matadepera, donde llegamos por una serie de caminos y sendas que nos permiten dejar atrás, casi sin darnos cuenta, el último anillo del área metropolitana.
A partir de aquí, el panorama lleva cosida la etiqueta de “100% natural”. Ni una autopista más. Ni una carretera más. Ni un tren más. Ni viaductos inmensos. Ni túneles. Ni gasolineras. Sólo caminos y bosques.
Aquí empieza el viaje por los antiguos caminos que comunicaron Manresa y Lleida –y, por lo tanto, Madrid– con el puerto de Barcelona durante siglos. Vamos a viajar por uno de los tramos más abruptos y aislados del antiguo Camino Real, aquel por el que transitaron todo tipo de viajeros, comerciantes, peregrinos, reyes, soldados, arrieros, vizcondes y bandoleros. El más directo y natural, el que se usó hasta mediados del siglo XIX, cuando empezaron a construirse carreteras y ferrocarriles que evitaban las montañas siguiendo el suave curso del río Llobregat.
Enseguida empezamos a subir, primero al Turó de Roques Blanques, donde la altura nos regala una amplia panorámica de la comarca. La ley de la gravedad, por su parte, nos concede la primera trialera del día. El camino se ensancha poco después y prosigue en sube y baja, pero ganando altura, siempre entre encinares, siempre mostrándonos la inconfundible silueta de Montserrat. Hacia el otro lado compiten en belleza las extrañas formas del barrancal grisáceo de la sierra de Les Pedritxes. Por debajo aparecen las espectaculares cuevas de Les Foradades, otra obra de la acción erosiva del agua. Y así llegamos a la Casa Nova de l’Obac, una masía vitivinícola de principios del siglo XIX que hoy sirve de punto de información del parque natural.

CAMINO AL PASADO
Justo al doblar la arista de los Altos de La Pepa, el aire se enfría aún más. Por un camino paralelo al del Correo Real, llegamos en suave bajada a la Casa Vella de l’Obac, un enclave arruinado con más de mil años de historia sobre sus cimientos que fue abandonado definitivamente tras arder durante las guerras carlistas en 1831. Bajo sus muros, uno piensa en la de transeúntes ilustres y anónimos que cruzaron por aquí hasta la entrada en escena de los medios de transporte modernos.
Por aquel entonces, el trayecto entre Barcelona y Manresa –de 60 km– se cubría en carreta en unas trece horas. Lo que hoy es un simple desplazamiento, antes era un viaje en sí mismo, una aventura en toda regla precisamente no exenta de riesgo.
De aquellos tiempos abundan los relatos sobre bandoleros que asaltaban a los viajeros. Sus fechorías originaron verdaderas leyendas, como la que todavía tintinea en torno a la figura del enigmático Capablanca, que sembró el terror en los dominios de l’Obac, allá por el siglo XVII. Su historia es la de un mozo de carga que obtenía dignamente su salario trajinando de una masía a otra hasta que un mal día fue asaltado y robado. Impotente y desengañado, juró que jamás volvería a trabajar de forma honrada, así que se agenció un trabuco e inició su carrera como bandido, convirtiéndose en poco tiempo en el salteador más temido de la comarca. Incluso le robó la capa a un capitán de la guardia, prenda que extendía en el suelo para que los viajeros dejaran sus pertenencias mientras les intimidaba oculto entre la maleza.
CAMINO AL INFIERNO
La espesura era su medio y su guarida. Conocía todos los escondrijos, cuevas y simas de la zona, por lo que nunca fue capturado, herido ni detenido. Tras los atracos usaba un ingenioso sistema para descolgarse por las fisuras de las paredes hasta una cueva inaccesible donde vivía escondido. Respecto a su jubilación, o su muerte, nada se sabe. Unos cuentan que finalmente fue hecho preso y ajusticiado –sólo entre 1616 y 1619, el virrey de Cataluña sentenció a 135 bandoleros–, pero la versión popular le otorga una muerte más dulce, ahogado ebrio y amorrado a una gran bota de vino.
No es con su capa blanca con la que topamos poco más allá de Rellinars, donde llegamos por un entramado de pistas, caminos y sendas que serpentean bajo espectaculares formaciones rocosas, como El Paller de Tot l’Any o la Roca Salvatge, entre otras muchas. La que pisamos es la capa blanca del General Invierno, que decora el paisaje con un revestimiento de cristales helados.
A la altura de Casajoana encaramos una nueva tanda de subidas, primero hasta La Morella y después hasta El Gipó. Son rampas empinadas, no demasiado largas, pero con algún tramo de deliciosos escalones naturales. Empiezan tras cruzar una riera y acaban con un veloz descenso hasta la siguiente torrentera. El remate llega junto al cauce del torrente del Sol de l’Infern, nombre que le va que ni pintado, aunque hoy el sol brilla precisamente por su ausencia.
Durante toda la ascensión, más que infernal, el paraje se nos antoja paradisíaco. Además, nadie dijo nunca que el infierno fuese blanco, ni condenadamente frío. Apretamos los pulgares alrededor del manillar, tensamos los bíceps, inspiramos profundo y nos dejamos caer pendiente abajo hasta el abrigo natural del Puig de la Balma.
De camino cruzamos un laberinto de charcos helados y fuentes naturales que manan de las paredes creando hermosas esculturas de hielo. Son las cinco de la tarde y está a punto de anochecer. Un camino muy rápido nos lleva hasta la riera de Nespres, donde tomamos un tramo de asfalto hasta Rocafort. A partir de aquí, una pista nos obliga a ganar altura hasta una nueva carretera, donde el GPS nos desvía hasta Navarcles por una serie de sendas finales que nos encarrilan entre pinos y cortados. El punto final de la etapa se encuentra en el Hostal Muntané, donde nos esperan, por este orden, una sabrosa merienda, una merecida ducha y una reconstituyente cena. El frío parece haber quedado en otro mundo.

BOSQUES PERENNES
Día 2: Navarcles - Sant Quirze del Vallès
73 km / 1.600 m+

La segunda etapa se presenta igual de heladora. Pese a la ola de frío siberiano, se une a la fiesta el siempre entusiasta Jordi Calsina, responsable del circuito de pedaladas populares Open Natura.
La atmósfera flota más traslúcida que nunca. La silueta de Montserrat se alza a nuestras espaldas, todavía rosada por el efecto del amanecer. Por delante, bosques y campos trillados despiertan lentamente, cubiertos por una fina capa nívea. La estampa es bucólica, pero antes de salir del pueblo un par de vecinos, de los que madrugan por obligación, nos dedican una mirada incrédula. Me temo que piensan que estamos un poco chalados. El termómetro del cuentakilómetros indica -3ºC.
Por suerte empezamos a subir muy pronto. El sol salta enseguida las primeras lomas para darnos completamente de frente, hasta que una primera zona de sombríos senderos nos catapulta hacia lo alto del Serrat del Vintró, para bajar luego a Monistrol de Calders.
Un camino nos lleva a otro, pero siempre junto a las vías naturales del agua, como la riera del Marcet. Permanentemente emboscados por una densa pineda, pasamos por el molino d’en Sala, Rubió y la ermita de Sant Llogari, donde dedicamos unos minutos a saborear unos bocatas que llevamos en las mochilas.
DURANTE TODA LA ASCENSIÓN, MÁS QUE INFERNAL, EL PARAJE SE NOS ANTOJA PARADISÍACO. ADEMÁS, NADIE DIJO NUNCA QUE EL INFIERNO FUESE BLANCO, NI CONDENADAMENTE FRÍO.
La ruta continúa por caminos entretenidos, con placas de roca viva asomando en la superficie, variantes que trepan por el bosque y te obligan a darlo todo sobre la bici... Así llegamos al Coll de Sant Fruitós, uno de los más trabajados del día, desde donde divisamos Castellterçol.
Sin entrar en el pueblo continuamos subiendo, siempre entre pinos, hasta que el cielo azul asoma a la altura de la ermita de Sant Julià d’Uixols. Poco después coronamos la Serra dels Salvatges, con el castillo de Gallifa a nuestros pies, para iniciar un vertiginoso descenso hasta Castellar del Vallès.
La larga bajada reclama nuestra atención, pero la sombra de las torres eléctricas resulta difícil de obviar, y un melancólico pensamiento invade la zona más optimista de nuestro cerebro. La civilización empieza a dejarse ver. Una línea de alta tensión por aquí. Otra por allá. Lo mejor del fin de semana se acaba. Nos acercamos a lo habitual. Un par de kilómetros más y entraremos en Sant Quirze del Vallès. Está anocheciendo. La puesta de sol nos sorprende por una pista ancha que cruza unos campos recientemente arados. Dos espantapájaros nos saludan. Ha sido un día intenso, con algo más de 70 km de caminos, siempre a través de bosques. Es el principal recuerdo de la jornada. Es la agradable sensación que nos llevamos a casa. Y el frío, claro, que arremete ahora con más fuerza. Y la satisfacción de haber vencido el miedo y la pereza y haber salido a pedalear un día más. Porque sí, porque merecía la pena. Siempre merece la pena. «

Texto y fotos: Sergio Fernández Tolosa & Amelia Herrero Becker, para Solo Bici nº 237, febrero 2011


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