BOSQUES DE LEYENDA
Pedals d'en Serrallonga
LOS DENSOS BOSQUES DE LES GUILLERIES, EN OTROS TIEMPOS PASO OBLIGADO PARA VIAJEROS, PEREGRINOS Y COMERCIANTES, HAN SIDO TESTIGOS INVOLUNTARIOS DE MIL TRIFULCAS, REYERTAS Y ASALTOS A PUNTA DE ARCABUZ, SECUESTROS EXPRÉS TRABUCO EN MANO, AVARIENTAS TRAICIONES, AMENAZAS Y RUINES VENGANZAS COBRADAS CON AFILADAS DAGAS.
HOY, POR SUERTE PARA NOSOTROS, REINA LA PAZ.
Narra la leyenda que un hombre de campo nacido libre y recto en La Sala, una masía en las faldas del Montseny, se vio abocado a la mala vida y el bandolerismo, nadie sabe cómo ni por qué. Algunas voces de su tiempo defendieron que robaba a los ricos y repartía el botín entre los pobres, que a su vez le ayudaban a huir de los retenes enviados por señores feudales, condes, duques y demás. Sus desventuras –para unos, simples e infames fechorías; para otros, heroicas gestas– corrían de boca en boca en forma de poemas y cantares. ¿Pero quién fue Serrallonga? ¿Un bandido? ¿Un convencido justiciero? ¿Un oportunista víctima de la crisis de la época, el feudalismo y la necesidad? Fuera lo que fuera, en sus antiguos dominios, en los impenetrables bosques de Les Guilleries, el mito de Serrallonga sigue vivo. Y su tesoro, si lo hubo, permanece oculto.

LA SAGA CONTINÚA
Atraídos por su azarosa biografía, acudimos hasta la selvática comarca de Les Guilleries, entre el Montseny y el Collsacabra, al norte de la provincia de Barcelona, lejos del asfalto y las chimeneas, completamente a recaudo de una de las zonas boscosas mejor conservadas del país. La intención oficial es “estrenar” Pedals d’en Serrallonga, la más reciente creación de Pedales del Mundo –a añadir a Pedals de Foc, Pedals d’Occitània, Pedales de Lava...–, un par de semanas antes de su presentación y definitiva puesta en marcha.
Personalmente, en cambio, mentiría si negara un irrefrenable interés por saber más de este personaje popular caído en desgracia hace cuatro siglos al que se han dedicado tantas páginas.
Me apetece explorar este paisaje recóndito que desde el satélite luce inmensamente verde, virgen, lejos de las modernas vías de comunicación. Como al protagonista de la novela de Llorenç Capdevila Serrallonga, el último bandolero (JP Libros), no me atrae la idea de hallar ningún tesoro, aunque a nadie le amarga jamás un dulce. Sé que mi misión es otra. Mi destino es empaparme de momentos sublimes, captar instantes y, al mismo tiempo, sentirme libre, recargar las pilas, disfrutar de la magia del viaje sin ir lejos de casa en un territorio en el que los árboles hablan.
En el corazón del bosque, a orillas de un río de aguas pobladas por briosas truchas, nos espera Félix, un enamorado de este reducto de naturaleza salvaje que hace 20 años decidió montar un pequeño camping de montaña. Es el punto elegido para iniciar el itinerario, a escasos 100 metros del célebre puente medieval de Malafogassa, celosamente vigilado en tiempos de bandoleros, que solían vadear el río por otros pasos para evitar ser descubiertos. Hoy, sobre el puente reina la calma. Nadie a la vista. Sólo se oye el paso del agua.
DESDE LA ORILLA, EL PERFECTO REFLEJO ESBOZA UNA ESPECIE DE PUERTA MÁGICA HACIA OTRA DIMENSIÓN. CRUZARLA ES UNA INVITACIÓN PARA INDAGAR EN EL PASADO. MÁS ALLÁ NOS ESPERA EL GRAN BOSQUE, CON SUS SOMBRAS, SUS SILENCIOS Y SUS MISTERIOS.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
PEDALS D'EN SERRALLONGA
Itinerario: 105 km / 2.900 m+.
Duración: 2 etapas.
Temporada: excepto diciembre y enero, todo el año.
Filosofía: recorrido autoguiado no competitivo que se sigue con GPS o roadbook. Hay que sellar el rutómetro en diversos puntos de control. Al final, los finishers reciben un maillot exclusivo.
Organización: Pedals d'en Serrallonga se encarga de las reservas hoteleras y ofrece un servicio opcional de transporte de equipajes.

+ info: www.pedalsdenserrallonga.com

PUENTE AL PASADO
Día 1: Camping El Pont - Sant Hilari Sacalm
55 km / 1.850 m+

A la mañana siguiente, una fina niebla flota sobre las aguas de la Riera Gran. Entre los árboles emerge la figura de un pescador, camuflado e inmóvil, al acecho de una lancurdia hambrienta. Cien metros más allá, los pilares del puente se alzan sobre el meandro doblando su imagen sobre la reposada superficie y dibujando un anillo gigante. Desde la orilla, el perfecto reflejo esboza una especie de puerta mágica hacia otra dimensión. Cruzarla es una invitación para indagar en el pasado. Más allá nos espera el gran bosque, con sus sombras, sus silencios y sus misterios.
El salto en el tiempo empieza en subida, por una pista que caracolea a través de un poderoso bosque, frondoso y umbrío. Es temprano y el mundo entero permanece en absoluto silencio. No se mueve ni una hoja. Sólo se oye el canto de los pajarillos. Una hora más tarde, tras el vigorizante serpenteo, el camino se abre ligeramente, mostrando retales de cielo.
Pronto alcanzamos una masía con vistas a los riscos de Tavertet, que se alzan verticales sobre las oscuras aguas del pantano de Sau y sitúan sobre el horizonte las cimas nevadas del Pirineo. Paramos un momento a retratar la escena y, de pronto, con la cámara de fotos aún enfundada, los cascos agitados de un caballo galopante rompen la quietud reinante. Un segundo más tarde, una figura ecuestre nos adelanta veloz, cuesta arriba, en dirección a la iglesia románica de Sant Andreu de Bancells, donde llegamos minutos después envueltos de nuevo por una espectral neblina. Atraídos por el lema escrito bajo el reloj de sol del muro sur, el viejo cementerio y la casa de piedra de la parte trasera, dejamos las bicis bajo un tilo y nos acercamos a pie. Sobre el dintel, una rústica inscripción tallada en la piedra reza: “Sin pecado concebida”.

RUINAS QUE HABLAN
Abandonamos el lugar pensativos acerca del mensaje del reloj: “Cada día que pasa te acerca más a la vida”. Del jinete y su caballo sólo queda un rastro de herradura que se pierde entre la hojarasca del encinar que hay más allá del Coll Sa Creu, donde empieza un largo y laborioso descenso que nos obliga a rodar atentos al millón de piedras sueltas que parecen estratégicamente dispuestas para que sea imposible mirar un palmo más allá de la rueda delantera. Puede que sea una táctica de Serrallonga, ahora oculto y burlón entre los árboles. Y es que estamos entrando en su parcela. Aquí el bosque lleva su nombre.
Más allá de la Riera de Querós, la pendiente se invierte, colocándonos a merced de cualquier asalto. Entre jadeos y estertores, tememos perder el pulso con las accidentadas y severas rampas que nos encaraman por el espectacular castañar. Esquivando pedruscos, salamandras aletargadas y rastros de jabalís, a punto de coronar la segunda ascensión del día, en el margen del camino aparecen las ruinas de la casa donde Joan Sala i Ferrer tomó el nombre de Serrallonga. Aquí es donde desposó a Margarida Tallades, heredera de Mas Serrallonga, con quien tuvo varios hijos. Aquí se refugiaba durante largas temporadas, en que aprovechaba para cultivar sus tierras, cuando su captura dejaba de ser de máxima prioridad para las autoridades competentes (o no) del momento.
A las puertas de su hogar, hoy derruido, cubierto de moho y tomado por las enredaderas, le imagino regresando tras semanas de escaramuzas, fugas y veladas a la intemperie: aporreaba el portón según una clave acordada, Margarida le abría con un churumbel en brazos, él cruzaba el zaguán, dejaba los trabucos sobre la mesa de la cocina y se sentaba a comer lo que hubiese en el puchero. Con el estómago lleno, empezaba a hacer planes... Vivía al día, a salto de mata. Era un salteador de caminos.
Cuentan que fue junto a esta casa donde disparó a matar por primera vez a quien le denunció por haber comprado unas mulas robadas. Aquí empezó su vida al margen de la ley. Su huida hacia delante sin fin. Tras su muerte en Barcelona en 1634, donde fue ejecutado públicamente, con escarnio y después descuartizado, cuentan que su casa fue destruida no como venganza, sino en busca del supuesto tesoro que había escondido durante años pensando quizá en un retiro tranquilo y sin escasez. Si encontraron algo, jamás se dijo. Lo que sí se sabe es que la viuda tuvo que mudarse con toda la familia, pues de la casa original dejaron poco más que los cimientos.
CAMINOS DE HISTORIA
La ruta nos guía hasta el santuario de Santa María del Coll, donde el rutómetro indica una senda que desciende empinada hasta el Coll de Nafré por el trazado original del Camí Ral, una verdadera gozada para los incondicionales de las trialeras (también se puede ir por pista).
Según el mapa, el bosque va cambiando de nombre: de la Mata, dels Ortiguers, de la Crosa... En realidad, sin embargo, sólo hay uno y es infinito. A lo largo de todo el día no hemos salido de él. Encinas, robles pubescentes y carvallos, arces blancos, mostellares, pinos rojos, castaños, coníferas exóticas, abetos, hayedos, alisos, chopos, plátanos...
El primer claro lo hallamos al pisar las calles empedradas de Osor, también primer núcleo habitado de la ruta. Rodeados de las más altas cotas de Les Guilleries, superamos la magnífica riera que baña el pueblo por uno de sus dos puentes medievales. Antes de llegar al asfalto, un colmado nos sirve para comer y merendar de una sola tacada, retomando energías suficientes para proseguir la marcha hacia Sant Hilari Sacalm, donde nos esperan para dormir.
El día sigue gris y amenaza con servirnos una ducha de agua fría antes de llegar al hotel. Apremiados por la idea de librarnos del remojón, encaramos el Coll del Cirerer con decisión y plato mediano. En algunas rampas, al acercarnos a la fuente Verder, las piernas piden más cadencia y plato pequeño, pero la parte dura pasa pronto. Pese a ello, al coronar, desestimamos enseguida el rodeo opcional previsto para la primera etapa, que va hasta el Collet de l’Espinal.
Al otro lado del puerto aflora un nuevo paisaje dominado por el macizo del Montseny.
A pocos kilómetros, entre las nubes, se adivinan las primeras casas de Sant Hilari Sacalm, donde llegamos en suave descenso por una pista ancha y bien pisada que atraviesa campos de abetos de todas las edades.
Atravesamos bajo la lluvia el pueblo de las aguas, los balnearios y las embotelladoras, y un último esfuerzo nos lleva hasta lo alto de la sierra de Matamala, donde aguarda un moderno santuario del descanso. El Vilar Rural será hoy nuestra guarida. Es un complejo hotelero amplio y confortable, con excelentes vistas del Montseny y una cena buffet de esas que te hacen saltar lágrimas de emoción tras un día dando pedales con el fantasma de un bandolero pisándote los talones.

VIVIR EN LOS ÁRBOLES
Día 2: Sant Hilari Sacalm - Camping El Pont
50 km / 1.050 m+
A la mañana siguiente, el sol resiste anclado en su timidez. Tras un copioso y variado desayuno recuperamos el trazado de la ruta con dirección a los bosques de la Saleta del Mas. El camino, medio encharcado, se desliza por un laberinto de coníferas gigantes de troncos nudosos.
Un descenso, una breve subida, otro descenso... De pronto, al doblar una curva pasamos bajo una casa de madera construida alrededor de un abeto enorme. No es la única. En los alrededores de la masía La Vileta hay cuatro más. Es lo último en turismo verde: cabañas a 10 metros del suelo para sentir el bosque de un modo diferente. Se accede a ellas por una pasarela elevada y una vez arriba vives como un pájaro carpintero, a la luz de las velas y bebiendo agua mineral, pues aunque tienen WC y las han decorado con esmero, son rústicas y ecológicas, sin electricidad ni agua corriente.
A finales de abril, el bosque permanece dormido, como hibernando. En pocos días brotarán nuevos tallos, pero la primavera se está demorando. Bajo la fina lluvia alcanzamos Espinelves, donde una calle flanqueada por sencillas pero robustas casonas de principios del siglo XVIII nos lleva hasta la iglesia románica de Sant Vicenç.
Al salir del pueblo, esquivamos el Eix Transversal –la versión moderna del Camí Ral– por un paso inferior y nos encaramamos al Turo de la Creu por un camino de esos que suben 150 metros en menos de un kilómetro, de esos que desde abajo crees que serán imposibles, pero luego parece mentira por dónde se puede subir con el plato pequeño y unas ancas bien alimentadas.
Poco más allá aparece Viladrau, otro pueblo con nombre de agua mineral –¿o es al revés?– y al dejarlo atrás una senda nos regala unos buenos minutos de diversión.
EL PRINCIPIO DEL FIN
El rutómetro enseguida nos ofrece la opción de desviarnos cuesta arriba para acercarnos hasta la casa natal de Serrallonga. No dudamos ni un segundo y enfilamos el camino ascendente que discurre por un robledal de copas desnudas y que poco después se transforma en senda. Al recuperar el pulso, al otro lado de un campo labrado, descubrimos La Sala, altiva, de planta cuadrada y completamente restaurada. Hoy luce inalcanzable y un tanto siniestra, cual fortaleza, a los pies de un también gélido Matagalls.
Una nueva bajada nos devuelve al circuito normal, que toma la carretera comarcal que va a Taradell durante 2,5 km. Nada más dejar el asfalto, apreciamos un notable cambio en el paisaje y el terreno. Las ruedas se tiñen de polvo rojizo, ha dejado de llover y el camino deambula sobre una gran plataforma de roca.
Sube, baja, vuelve a subir, pero sin esfuerzo... Es un tramo juguetón, fácil, muy distinto al resto de la excursión, que nos conduce hasta una zona emboscada en la que la senda y las zarzas obligan a prestar atención. Una zanja de metro y medio de hondo surca el camino ahora por la derecha, ahora por la izquierda. Apenas deja un palmo de tierra compacta para pasar. Haciendo equilibrios y huyendo de la sombra de Serrallonga, alcanzamos el puente de Fàbregues, que da paso a un bucólico camino a orillas de la riera Major. El día sigue invernal y aún flotan algunas hojas de chopo sobre las aguas traslúcidas de las pozas. Poco más allá, la realidad nos devuelve al presente. Más obras, más excavadoras y más grúas a la altura del Eix Transversal. Es la vía rápida actual entre Lleida y Girona pasando por Vic.
Nosotros seguimos recto, bajo los pilares de un viaducto faraónico tripartito, en busca del camino antiguo, el que alberga seres vivos de mil formas bajo el sabio manto forestal. Es el camino que lleva hacia el Turó de les Orenetes –el cerro de las golondrinas– y asciende hasta los riscos de Vilanova, que en días soleados arden colorados sobre Les Guilleries.

EL FINAL DEL PRINCIPIO
Entre una masa inabarcable de pinos rojos, ganamos altura yendo de una masía a otra, azuzando vacas que vuelven solas a casa cuando el sol se posa tras el risco. Bajo el acantilado nace el desvío a la alternativa del segundo día, que preferimos dejar para mañana, de regreso a la estación del tren.
Hace rato que intuimos el final de la ruta. Estamos cerca. Muy cerca. A punto de cerrar el círculo. Pero sentimos que falta algo. No hemos visto a Serrallonga. A lo sumo lo hemos presentido apostado tras los arbustos, pero eso no lo diremos en voz alta. Pensaremos que lo que sonaba entre los helechos eran los suaves pasos de una jineta, el aliento de un jabalí, un zorro o, quizá, un lirón o una ardilla regresando a su escondite dentro de un tronco. De hecho, en dos días de ruta no hemos visto absolutamente a nadie.
Hemos pedaleado sin cesar por bosques encantados anclados en otro tiempo. Tampoco hemos hallado indicio alguno de ningún tesoro enterrado. El único tesoro aquí es invisible a los ojos del que no sabe mirar. El que es incapaz de ver los árboles en mitad del bosque. El que no sabe disfrutar de la libertad.
Se acerca el final. El camino reclama atención y la acción me devuelve el entendimiento. Ya estamos llegando. El puente de Malafogassa ha de estar ahí mismo, a pocos metros, esperando con su puerta del tiempo... Pero todavía hay que bajar y la senda se despedaza. Escalones dobles y triples, raíces cruzadas, rampas de roca, planos inclinados, contraperaltes, troncos retorcidos... Un último suspiro, un final de infarto... Tiro de las riendas, detengo mi caballo y salimos al camino, ya a salvo. El río permanece idéntico. Aunque sus aguas son otras, es el mismo río. Y el mismo reflejo, el círculo perfecto. «

Texto y fotos: Sergio Fernández Tolosa & Amelia Herrero Becker, para Solo Bici nº 229, junio 2010


ESCALONES DOBLES Y TRIPLES, RAÍCES CRUZADAS, RAMPAS DE ROCA, PLANOS INCLINADOS, CONTRAPERALTES, TRONCOS RETORCIDOS... UN ÚLTIMO SUSPIRO, UN FINAL DE INFARTO... TIRO DE LAS RIENDAS, DETENGO MI CABALLO Y SALIMOS AL CAMINO, YA A SALVO.
OTROS REPORTAJES DE CONUNPARDERUEDAS...