DE MAR A MAR
Transpirenaica I - Trekking
AMANECER A ORILLAS DE UN RÍO DE AGUA HELADA. SENTIR LA AGRADABLE CARICIA DEL SOL DESPUNTANDO SOBRE LAS AFILADAS CUMBRES. CAMINAR AL SON DEL SILENCIO, UN DÍA TRAS OTRO, POR EL MERO PLACER DE AVANZAR EN ESPIRAL. SIN RUMBO FIJO NI PREMURA,
NUESTRA TRAVESÍA TRANSPIRENAICA SÓLO TENÍA UN FIN: VIVIR Y SENTIR EL PIRINEO,
VIAJANDO DEL MODO MÁS NATURAL. VAGANDO, DE UN MAR A OTRO MAR.
Los cantos rodados de la playa de Portbou nos masajean las plantas de los pies, aún húmedas, tras el ceremonial último baño en las transparentes aguas del Mediterráneo. En un rato partiremos hacia las alturas, resoplando, de espaldas a la civilización. Estamos a punto de dar el primer paso de un largo viaje, nuestro primer largo viaje a pie. No tenemos una idea prefijada del itinerario, ni de cuántos días nos llevará alcanzar la orilla opuesta de esta "isla-cordillera" que es el Pirineo. Una vez más, sólo queremos sentirnos nómadas, autónomos, libres.

AGUA Y SEQUÍA
De Portbou a Puigcerdà
La aventura arranca sin que apenas nos demos cuenta. Ilusionados, enfrentamos a pleno mediodía las primeras cuestas, con torpeza, haciendo equilibrios por los funambulescos senderos de la divisoria de aguas, que fluyen un poco más al norte que la línea roja y blanca del GR-11.
Con cada paso, el azul del inmenso mar queda un poco más lejos, y más abajo, hasta ocultarse por completo tras los dorados montes de finales de julio. Pasamos la tarde sudando, sedientos y zarandeados por la tramuntana, este viento desesperante que aúlla día y noche, y retumba dentro y fuera de tu cerebro.
Al refugio libre del Coll de Banyuls, a apenas 13 km de Portbou, llegamos literalmente secos, y la fuente está igual que nosotros. Al día siguiente tenemos más suerte: saltamos a la vertiente norte por un sinuoso PR y conectamos con el GR-10. El Rosselló nos acoge boscoso y sombrío, y nos regala un par de fuentes.
ERA NUESTRO PRIMER GRAN VIAJE A PIE, Y COMO TODOS LOS GRANDES VIAJES,
IBA A EMPEZAR CON
UN SIMPLE PASO:
ATARNOS LAS BOTAS.
A mediodía topamos con un equipo de arqueólogos que también muestran claros síntomas de intoxicación por sobredosis de tramuntana. Agachados, excavan pincel en mano junto a un gran monolito que resulta ser un santuario de la época romana. "Básicamente, era una fuente, una surgencia. Creemos que acudían en romería desde Ampurias, en una especie de rito religioso. Por eso está lleno de cántaros", nos cuentan visiblemente emocionados.
En los siguientes días tratamos de acostumbrarnos al ritmo del viaje. Avanzamos por sendas emboscadas que suben y bajan de forma constante, saltando raíces, esquivando pinos… Pese a la belleza del paisaje, nos acompaña una extraña sensación. "Es como si no avanzásemos…".
Cada día nos cruzamos con varios excursionistas. Algunos siguen el GR-10, o la HRP, y vienen de lejos, muy lejos. Otros llevan mochilas más ligeras. A todos les preguntamos por la previsión meteorológica: "Viene lluvia, mucha lluvia".
Más allá de la agitada Le Perthus, donde engrosamos nuestras despensas móviles, nos alcanza la primera tormenta seria del viaje: una nube oscura y alargada nos atrapa tras engañarnos con un traidor amago. "Esto parece el final de Melancholia".

El macizo del Canigó (2.784 m) permanece oculto desde hace días y nuestro plan inicial de ascender a su cumbre se desvanece. Finalmente optamos por rodearlo y saltar hacia la vertiente sur, improvisando una ruta en busca del esquivo buen tiempo.
Avanzamos a través de una espesa niebla que nos lastra y desmotiva, entre ecos de misteriosos cencerros. A mediodía alcanzamos el pequeño refugio libre del Costabona. Es pronto, pero los ánimos invitan a quedarse.
Como si de un premio a la constancia se tratase, a la mañana siguiente amanece soleado y disfrutamos de una jornada de alta montaña inolvidable, enlazando el Pic de la Dona, el Bastiments, el Pic de Fresers y la Olla de Núria. Ver el horizonte salpicado de cumbres nos anima.

NATURALEZA PIRENAICA
De Puigcerdà a Andorra
En Puigcerdà pasamos el mínimo tiempo posible. Comprar comida y gas, comer en un banco de la plaza, hablar con una pareja de dicharacheros octogenarios, empacar todo, maldecir el peso y partir.
De entrada, nos aguarda un tramo de carretera incomprensible. "¿Por aquí va el GR-11?". Así es. No existe alternativa al asfalto para cruzar el Pla de Saneja y llegar a Guils de Cerdanya. Más allá, la ruta pirenaica nos eleva hasta el popular refugio de Malniu. Nosotros continuamos hasta el refugio libre Folch i Girona, donde la diversión está asegurada gracias a los roedores que lo habitan y la docena de excursionistas y montañeros que compartimos literas, suelo e insomnio. "¡Se está comiendo una mochila!". "Pero si están colgadas de la pared". "¡Es que escala la pared!". "Me da igual, ¡yo quiero dormir!".
A la mañana siguiente, algo fatigados, dejamos atrás la zona lacustre de Engorgs y saltamos al Vall de la Llosa, donde iniciamos una nueva ascensión por una bucólica senda que nos lleva hasta el Col de l'Illa. Aunque parezca mentira, estamos en Andorra.
Tras 12 días de viaje, nos sentimos completamente inmersos en la cordillera. El principio no fue fácil, pero desde aquel soleado amanecer en el Costabona, todo ha sido más intenso, luminoso y estimulante. Tenemos la agradable certeza de estar donde queremos estar.
El enorme refugio libre de l'Illa y la soleada tarde nos tientan. Paramos a descansar, conversamos con otros excursionistas que viajan como nosotros, con la casa a cuestas. El lugar nos atrapa. "Ya bajaremos mañana a la civilización…".
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TRANSPIRENAICA I
Itinerario: 460 km aprox.
Duración: 18 días.
Filosofía: máxima autonomía, mínima planificación.
Época ideal: julio y agosto.
Orientación: mapas Alpina 1:25.000, combinando GR-10, GR-11, HRP y algunos senderos sin balizar.
Avituallamiento: Portbou, Le Perthus, Arles-sur-Tech, Puigcerdà, Andorra la Vella, Arinsal y Vielha.


HUMANOS A LA VISTA
De Andorra a Vielha
En Andorra la Vella toca reponer las despensas a conciencia. Esta vez, la tirada hasta el siguiente punto de avituallamiento es más larga. No son dos o tres días de autosuficiencia, sino siete. O quizá incluso ocho. Escogemos alimentos ligeros, compactos y calóricos –avena, cuscús, sopinstant, noodles, pipas, pasas, cacahuetes, barritas de muesli, orejones, algún que otro fuet…–, pero las mochilas parece que vayan a reventar, y al mismo tiempo sospechamos que no va a sobrar absolutamente nada. Más bien al contrario. Quizá por eso, al pasar por Arinsal, nos despachamos un último bocadillo. El pan es lo que más echamos de menos en este viaje. Ocupa demasiado.
El GR-11 nos lleva por una larga cuesta hacia el Comapedrosa (2.942 m), techo de Andorra, que yace envuelto en nubes meonas. Pese al clima, somos realmente felices. La vida en la montaña es satisfactoriamente simple.
Al otro lado del collado se abre el circo glaciar de Baiau. Tras un descenso empinadísimo, bordeamos los lagos y alcanzamos el refugio libre. No estamos solos. Alrededor de una mesa rebosante de mapas, hornillos y tazas de sopa humeante, compartimos con otros montañeros información sobre collados, atajos, panoramas, refugios… y anécdotas, recetas, inventos, historias, encendedores, ronquidos… Por supuesto, aquí no hay wifi.
En el Pla de Boet abandonamos el GR-11 y ponemos rumbo al lago de Baborte por el trazado de la HRP, que seguiremos hasta el Val d'Aran, en uno de los sectores más espectaculares y remotos de la travesía.
ALREDEDOR DE UNA MESA REPLETA DE MAPAS, HORNILLOS Y TAZAS DE SOPA HUMEANTE, COMPARTIMOS CON OTROS MONTAÑEROS ANÉCDOTAS, INVENTOS, RECETAS, RONQUIDOS...

Las siguientes jornadas experimentamos constantes cambios de tiempo. Frío y niebla al amanecer, riguroso sol a mediodía, amenazantes nubarrones por la tarde… En el lago de Certascán, el viento levanta olas, y los monolitos de La Gallina, en Mont-roig, se convierten en un laberinto húmedo y resbaladizo.
Además, hace días que notamos que las raciones que planeamos en Andorra pecan de frugales. Nos vamos a dormir con hambre, y soñamos con comida noche y día. Nuestras conversaciones son monotemáticas: "cuando lleguemos a Vielha, comeremos un melón", "y un gazpacho", "y leche fresca", "y una tortilla de patatas", "y pan, mucho pan".
Al pasar frente a la concurrida terraza del refugio de Montgarri, no nos podemos resistir. Masticar unos jugosos bocadillos de llonganissa a la plancha es lo más parecido a un orgasmo culinario.
El festín nos da alas hasta el Lac de Montoliu, desde donde disfrutamos de una bella panorámica del macizo de La Maladeta, que se yergue sobre un horizonte azul, como al alcance de nuestra mano. Al día siguiente entramos victoriosos, aunque tremendamente cansados, y delgados, en Vielha.
Tras 18 días de ruta, pisamos un hotel. "¡Aquí estamos, Asier! ¡Danos algo de comer!". "Aúpa, tomad fuerzas que si no no llegáis a mi tierra!". «
Texto y fotos: Sergio Fernández Tolosa & Amelia Herrero Becker


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